Jueves, 13 de diciembre de 2018

Banderías

“Todo el mundo creía hasta ahora que la suerte de la historia dependía un poco de la lucha de los educadores contra los verdugos. Pero no se había pensado en que bastaba, en suma, con nombrar oficialmente educadores a los verdugos”. ALBERT CAMUS

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Basta conocer un poco los presupuestos mentales con los que se mueve en este país eso que se ha dado en llamar patriotismo, amor a la patria, españolismo o sentimiento nacional, para decidir que lo mejor es ni siquiera aproximarse a la profusión de mensajes, tweets, comentarios, insultos, artículos de censura, notas, reprobaciones, acusaciones y anatemas que sin duda habrán generado las palabras de Fernando Trueba en la ceremonia de entrega del último Premio Nacional de Cinematografía.

Sin entrar a valorar el contenido del discurso de Trueba (quién podría valorar los sentimientos de nadie), uno acierta a entender en sus justos términos esa afirmación del cineasta madrileño de no haberse sentido nunca español ni haber experimentado jamás sentimiento nacional alguno o sensación de pertenencia a este país. Por poca memoria (y alguna inteligencia) que tenga cualquier español que, como Trueba, haya nacido en los años cincuenta del pasado siglo –esto no es excluyente-, sabrá que la formación de su identidad personal y la paulatina comprensión del mundo y conciencia del propio lugar en el mundo, que maduraron a caballo entre la más inmediata postguerra y el fin de la dictadura, conllevó un inevitable rechazo a la salvaje imposición de un patriotismo castrense y meapilas, a la forzosa y amenazadora exigencia de sometimiento y subordinación a una bandera símbolo de la derrota de la democracia y al manoseo fascista y totalitario de unos símbolos nacionales apropiados, impuestos y usados como arma represiva por unos vencedores de la guerra civil que despreciaron siempre –siempre- a sus compatriotas vencidos, imponiéndoles con humillación, deshonor y miedo, sus banderas, sus himnos y su particular concepción de la patria.

La continuada operación de los reaccionarios españoles, presentes todavía en la vida política democrática a través de partidos conservadores, no sólo de ocultar la verdadera realidad de la dictadura franquista, la más sangrienta del siglo XX, sino de manipular su conocimiento, falsear su historia y lisonjear permanentemente a sus responsables, cómplices y bendecidores, ha conseguido que cuarenta años después de la muerte de Franco no se haya logrado, en absoluto, una identificación generalizada, ni siquiera mayoritaria, con esos símbolos nacionales asociados en el imaginario colectivo al cesarismo criminal franquista y los excesos de sus compinches. El cacareado (y falso) deseo de reconciliación nacional, planteado siempre por los vencedores como reconocimiento sin matices de su victoria, como exigencia de resignación y olvido para los derrotados, despreciando siempre las demandas de reparación y justicia de los damnificados por la barbarie franquista y obstaculizando permanentemente cualquier atisbo de clarificación que hubiera podido generar la auténtica reconciliación, han profundizado la incurable grieta nacional que impide la asunción de símbolos y orgullos comunes.

Además de esa loable militancia de Fernando Trueba en la universalidad como único concepto personal de patria, lo que lo hace admirable y hombre mucho más libre, no es de extrañar, si se conoce un poco la verdadera historia de este país y no los cuentos falsos de quienes lo han chuleado durante décadas, que el director de cine y miles, millones más de españoles, además de sana envidia por no poder experimentar el verdadero patriotismo que observan en otros países, sientan un rechazo cuasi genético ante una patriotería, la española, basada –todavía- en los ‘valores’ del grito extemporáneo de sumisión a la autoridad, el himno obligatorio, el santo del lugar y la bendición del obispo, la ridícula marcialidad del desfile victorioso, el bofetón, el cara al sol y a la pared y la bandería de estéril gregarismo que se agota en los triunfos deportivos de los españoles. Aunque no todos tengan el valor de decirlo ante un ministro.