Lunes, 14 de octubre de 2019

Luz y luz

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Luz y luz
que yo siento
reencarnada en mí,
en mí transverberada —sé
que exageran las palabras—
por el fulgor de ese dardo,
párvulo, que me abrasa, Teresa,
como a ti, pequeño
aprendiz yo de tus andariegas
sendas y celestes. ¿O es
un sueño imposible, una
quimera, una
de esas fantasías de juventud
que vuelve rezagada
y huida de sí misma?, ¿un ansia
de ascensión nunca satisfecha —complejo
de astronauta— enquistada
como un cáncer que roe y roe
con afán de termitas en mi hígado
y me sube su vapor etílico
a los ojos y los desvaría
y enajena haciéndoles mirar
fantasmas?
No.
Porque los sueños, aunque tengan
cuerpos como los nuestros,
y movimiento, y hasta
luz azulada en plena noche,
no tienen carne, ni fragancias,
ni arboladura de encinas
donde duermen los pájaros.
Ni embelesan.

No es un sueño
mi sueño, ni tu sueño, Teresa:
Ese aullido de la bestia, insomne,
que me despierta a las tres de la mañana
y hiende las monótonas coyundas
de mi almohada y muerde
la médula maleada de los huesos
es llamada a atravesar
el dintel árido que separa
las fronteras impuestas por el sueño;
es el grito encendido
contra la pesada
mansedumbre del plomo
que hunde y hunde nuestros pies
en el ciénago. Es nostalgia
de la Mar.
Porque somos tierra, sí,
carne, sí, pero carne
y barro enaltecidos, trasterrados.