Lunes, 3 de agosto de 2020

La cruz en el pecho de Unamuno, el "otro Cristo español", según MACKAY

En este mes de septiembre dedicado a la Biblia, releo la obra “El otro Cristo español” del misionero presbiteriano escocés Juan A. Mackay (1889-1983) que me regaló y dedicó el pastor Pedro Arana Quiroz. Mackay se doctoró en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima con la tesis “Miguel de Unamuno, su personalidad, obra e influencia”. En la Navidad de 1915 visitó a don Miguel en Salamanca.

[Img #414417]En Perú funda el Colegio anglo peruano de San Andrés, ejerce la docencia en la Universidad de San Marcos y desarrolla una intensa actividad cultural. En 1929 vuelve a Europa y visita de nuevo a Unamuno, desterrado entonces en Hendaya, entre España y Francia. Transcribo su vivencia: “Fue aquella la oportunidad que yo había soñado durante tantos años, de compartir un breve espacio de la vida del hombre que me había revelado los secretos del alma española y cuyos escritos habían estimulado mi mente más que los de cualquier otro pensado contemporáneo. Vivía don Miguel con gran sencillez en un hotelito a unos cuantos metros apenas de la frontera internacional entre Francia y España. Se había escapado del estrépito y la publicidad de París para estar cerca de la sombra de sus colinas nativas. Todos los días hacía una caminata a lo largo de la frontera.

Los sencillos vecinos de Hendaya sentían gran cariño por aquel anciano de cabeza descubierta y mejillas rubicundas, que transitaba diariamente por sus calles, vivo modelo de salud y amistad. Conocían los detalles de su vida sin miedo y sin tacha, y de la larga lucha que había sostenido en su propio país por la ju8sticia y la libertad; conocían también la pureza nazarena y la austeridad de su manera de vivir; y por ello lo consideraban un santo.

Durante aquellos dos días tuvo lugar un sucedido que simboliza profundamente el mensaje religioso de Unamuno. Por varias semanas, antes de mi llegada, se había hospedado con él un escultor amigo suyo (Victorio Macho)…El segundo día de mi visita, se me invitó a ver el busto de don Miguel, recién terminado en un molde de yeso, y que era de un semejanza magnífica.

  • Pero, ¿qué es esto que tiene en el pecho? –pregunté. ¡Grabada del lado izquierdo, sobre la región del corazón, aparecía la figura de una cruz! El escultor me contó lo que había pasado. Antes de secarse el molde, Unamuno fue un día a verlo, y con el dedo trazó el signo de la cruz sobre el lugar en que debería hallarse su corazón.
  • - ¿Qué va a decir la gente de Madrid cuando vea esto? –dijo sorprendido y un poco molesto, el escultor-, ¿no se da usted cuenta, don Miguel, de que esa cruz va a aparecer por fuerza en el bronce cuando se haga el vaciado?

Don Miguel se limitó a sonreír en silencio.

[Img #414416]Una cruz, no suelta y pendiente del pecho, sino grabada sobre el vivo corazón de cruzo de don Miguel de Unamuno: tal es  el verdadero símbolo de la vida y fe de este príncipe de los pensadores cristianos modernos. He ahí un poderoso reto a la cristiandad de nuestra época, a rehabilitar la Cruz al lugar que le pertenece, al centro de toda vida y pensamiento, y a describir de nuevo el significado de la agonía creadora. Es una invitación al cristianismo español a estudiar de nuevo el significado de la Cruz y del Crucificado, que han desempeñado papel tan central en la épica católica en España y Sudamérica” (Lima, 1991, 3ª edición, p.203

Me permito completar tan entrañable anécdota de la voz del propio escultor en una de sus conferencias en la Embajada del Perú en España y recogida en la obra Seis temas peruanos. Conferencias pronunciadas en la embajada del Perú en España. (Espasa-Calpe, Colección Austral 1297, Madrid 1960):

“Una tarde pedí a don Miguel que se descubriera el torso para ver cómo unían el cuello y la cabeza con el torso. Me pareció un cristiano catecúmeno. Le dije que se cubriera para no resfriarse y volvió a ponerse su chaleco rectoral. Cogió un trozo de barro e hizo una cruz, que colocó sobre el pecho de su busto. Le pregunté:

 — ¿Qué significa esto, don Miguel?

 — ¡Ah!—me respondió.

Y le contesté:

 —Ahí la dejo...

 —Déjela...

Sacó un pequeño cuaderno de su misterioso chaleco y me leyó unos versos que acababa de componer…Era la hora del Ángelus, y a través del mar llegaba el son de las campanas de Fuenterrabía…Los dos estábamos emocionados…Y entonces, don Miguel me mostró una cruz, como las que llevan los misioneros, y dijo:

 —Vea, amigo Macho, esta cruz me la dio mi hermana, que era abadesa de un convento, cuando fui a despedirme de ella para ir desterrado a Fuerteventura...

Se produjo un hondo silencio, y yo exclamé:

 —Admirado Unamuno, ¿qué pensarán aquellos que le creen un herético cuando vean esa cruz que ahora es de barro, después será de piedra en el pecho de su efigie y quizá mañana quede usted abrazado a ella para siempre?...