Miércoles, 23 de enero de 2019

El agua donde seguir bebiendo

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VIII


Qué clara agua
donde seguir bebiendo.
Donde quemarme
en el relámpago de tus palabras
hasta ser traspasado
de nuevo por el dardo:
porque yo siento a veces
un dardo como el tuyo. Sí,
a pesar del pudor desasosegado que
enrojece mi rostro, a pesar
del recelo de gritarlo
en el ágora donde nuevos profetas
ocian funerales por el Ciervo:

yo también siento a veces
—cómo decirlo sin que parezca
una presunción de no gustador
de vinos o una
fantasmagoría de turbio visionario—
un ángel como el tuyo
que me deja mensajes
serigra ados con pan de oro
y trazos picassianos en mis ojos:
Cuando es invierno
y penden de los árboles
negros augurios de toros
corniabiertos y crecen en mis manos

los líquenes de la escarcha
y se agrietan las paredes
de la bóveda celeste
y a los ángeles que traen
y llevan los dardos hirvientes

y se caen como fardos
inútiles sobre el cieno, Él
pone su Tienda y adolece conmigo.
Cuando la carne se agría y llora,
se consume por las ebres
del olvido, o esa salvaje
peste de las hambres
que asola los ojos
desolados
de los huérfanos,
Él pone su Tienda
y grita con mis gritos.

y todo es zozobra y desazón, oscuras
celadas del invierno y desnudez
y nada,
Él pone —o su ángel,
qué más da— su Tienda
junto a la puerta, fría,
de mi estepa y hace fuego
y me pasa en silencio su pañuelo
de lágrimas y aligera mis hombros
y junta sus manos
con las mías
para la siembra de la luz. Y después

de las muertes
resucita en la memoria
amarillecida de los vientos.
Entonces,
como a los sauces en abril, me crecen,
renacidos, unos tallos de luz, hijos
no de sangre, en el tronco,

unos ojos altivos de águila, como
los de los dioses, para encontrar
la exacta dirección
                              de los caminos.