Domingo, 25 de octubre de 2020

La incomprendida poesía

El verano da juego especialmente para retomar el contacto con personas con las que durante el resto del año no tenemos ocasión de conversar, esas personas que “siempre están ahí” como nosotros estamos, pero con las que por unas u otras causas no mantenemos relación regular.

[Img #395670]Es entonces cuando por ambas partes nos contamos lo que hemos hecho o dejado de hacer, en una especie de costura hilvanada, sin demasiado detalle, pero que nos pone al día. Y en un momento dado se para en algún punto que de verdad nos interesa, y es donde pasamos del hilván a la costura.

Yo poco tengo que contar gracias a Dios, y cuando se me pregunta sobre mis planes, lógicamente desemboco en mi actividad como escritora, y sobre todo como poeta. Buen hilo sale de tales comentarios que al final acabamos hablando exclusivamente de la poesía. Y no me sucede solo con una, sino con casi todas las personas con las que tengo el placer de compartir estas hermosas tardes veraniegas.

Debo decir que son gente amantes de la lectura, lectores que no pueden prescindir de sus páginas diarias, de los que aprendo mucho, gente de la calle que no tienen relación directa con el mundo profesional literario.

Y es ahí, en ese mundo al que queremos llegar los que escribimos, donde he podido sacar algunas conclusiones a las que literalmente me han llevado, casi dictado.

La que aquí me ocupa es que, como bien claro tenemos los poetas, la poesía es la gran incomprendida, desconocida y hasta ignorada por el gran público. Y no es la conclusión la que me llama la atención, sino el porqué.

Hay una gran parte que opina que si no hay rima no hay poesía, que eso que llamamos poesía libre no es tal, que los poetas escribimos raro y que no se nos entiende.

Me hablan del Siglo de Oro en el que el teatro llegó a ser parte del pueblo por ser obras escritas “en verso rimado”, que eso sí que llegaba y producía la admiración de todos. Nombran a los grandes clásicos que escribían todo tipo de estrofas habidas y por haber, sonetos, romances, ovillejos, espinelas, rimas consonantes o asonantes, pero rimas, o sea, lo que consideran verdadera poesía.

Ahora divagáis -me dicen- empleáis metáforas de difícil o imposible comprensión, decís cosas ininteligibles, en fin, que para vosotros quede, y encima no rimáis.

Hasta me han contado la anécdota en la que en la presentación de un poemario de un conocido autor, alguien le preguntó cuál era la llave para poder interpretar sus poemas. El autor contestó: No hay llave, usted interprete lo que quiera.

Yo no puedo hablar por los poetas en general, pero cuando yo escribo poesía siempre tengo un porqué. Un estado de ánimo, un suceso, una impresión, penas o alegrías, recuerdos, sueños. Y cierto es que todos estos sentimientos se me esconden entre cada línea que voy escribiendo, jugando a lo bello, a lo misterioso, a lo incomprensible. Y ahí es donde para mi está la poesía, en ese arte arquitectónico y decorativo en el que lo más simple o lo más complicado se convierte en catedral de palabras enroscadas en lides de guerra y paz, en las que la única victoria es lograr que parte del alma se nos quede en un humilde pedazo de papel.

Y para ello, la rima es lo menos importante.

No valió de mucho mi disertada excusa: “Si quieres que lea tus poemas tendrás que explicármelos, amiga, y si algún día me dedicas uno, que sea con rima”

Cierto es también que hay un sector realmente minoritario que acude a los recitales y presentaciones y disfruta enormemente, bien sea entendiéndonos o interpretándonos como les parece. Pero hemos de reconocer que es eso, minoritario.

Hacer que la poesía llegue al gran público es difícil, pero no imposible, pues remedio hay. Cierto es que algo se está haciendo, pero también es cierto que es insuficiente.

Claro que para hablar de remedios necesitaría más espacio y no es cuestión de abusar.