Jueves, 22 de agosto de 2019

Alencart o la eterna canción del trasterrado

El ganador del Premio Ciudad de Salamanca de Poesía y director de El Norte de Castilla, Carlos Aganzo, escribe sobre el último libro de Alfredo Pérez Alencart, quien “representa una firme voz poética intercontinental, un puente que une de manera sólida y constante los dos lados del océano hispánico”

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Soy un hijo de América, soy un nieto de España”, escribió el gran Rubén. Hijo de América, nieto de emigrantes, expatriado él mismo “en la Salamanca de Fray Luis de León, Diego de Torres Villarroel y Miguel de Unamuno”, Alfredo Pérez Alencart representa una firme voz poética intercontinental, un puente que une de manera sólida y constante los dos lados del océano hispánico. Su poesía, marcada por igual por la reciedumbre castellana como por la sonoridad del español americano, tiene además el timbre, la melodía de esa lengua portuguesa que hablaba su abuelo Pedro, el brasileño, cuando hizo las maletas para marcharse a la Amazonía peruana.

[Img #378397]A su abuelo brasileño, Pedro, como a su abuelo Alfredo, el asturiano, está dedicado este libro, símbolo de esos ancestros que, al igual que el poeta, dejaron un día su tierra para construir su vida en otra parte. Una condición, la de emigrado, que a lo largo de veinte años ha marcado una de las líneas más poderosas en la trayectoria poética de Alfredo Pérez Alencart. Ahora, repartidos en cinco libros y en su mayor parte inéditos, los versos del exilio de Alencart se reúnen en una obra densa, brillante, que constituye una verdadera declaración de principios éticos y estéticos sobre la condición migratoria del ser humano.

A pesar de protagonizar el propio Alencart un exilio generoso, la transposición personal a ese “reino fácil de amar”, donde empezó una nueva vida y consiguió imponerse sobre ella (“de pronto la victoria -en esta tierra- / estaba entre mis manos: / nació el hijo que tiene mi medida”), lo cierto es que, a lo largo de todo este tiempo sobre sus ojos, sobre sus manos, sobre su conciencia nunca dejó de pesar la condición de emigrado. Emigrado en carne propia y también en la carne, en el acento, en la mirada de los centenares de amigos expatriados o desplazados con los que se ha relacionado de manera intensa desde su condición de 'embajador' cultural en Salamanca. Mucha España y mucha América de ida y vuelta en los herederos de aquel primer intercambio que surgió hace más de quinientos años.

Por eso, junto al “exilio generoso”, aquél que se vive únicamente con “el viento de la tristeza”, porque “tener una casa” no significa necesariamente “tener una patria”, en ningún momento de su peripecia española el autor de Oídme, mis hermanos o Prontuario de infinito ha dejado de pensar, de sentir como propios, los sufrimientos de todos aquellos desplazados que tuvieron menos suerte que él. “Guerras allí, muertes más allá”, millones de personas de todo el mundo que han vivido y viven un “exilio doloroso”, cuya esencia desgarradora forma parte también de la mejor expresión de este poemario de poemarios. Desastres, contiendas, campos de refugiados y “alambradas más endebles que el hambre”, en el retrato eterno del hombre. Siempre, como dice el poeta, con “el corazón hecho pedazos”.

También, y sin necesidad de llegar al aniquilamiento o a la tragedia, el drama cotidiano del emigrante que vive su soledad entre la muchedumbre. Lágrimas secretas, conciencia de que nadie te espera allí donde has llegado. Canto oscuro del que cada día sueña con volver, porque sabe que “el hombre es de su tierra primera”. Dolor ante el rechazo y la exclusión: “como el recién llegado / que busca comida en la basura / y debe dormir bajo los puentes / mientras todo brilla por arriba”; como el emigrante que sólo encuentra “empleos miserables / que los jóvenes del lugar no quieren”. Desengaño del que busca su “sitio de la seguridad” y entra en él por una puerta falsa. Odisea de metros, locutorios, albergues y comisarías. Experiencias de la extranjería que en este libro el poeta comparte literariamente con otros ilustres desplazados, desde Rosalía de Castro hasta Luis Cernuda, pasando por César Vallejo, Rafael Alberti o el asturiano Jaime Fernández, que quería fermentar yuca en la Amazonía a falta de manzanas para hacer sidra…

La vida como un tránsito. Pero también como la obsesión permanente por volver al lugar del que provenimos, a nuestro paraíso germinal.

La necesidad de entrar en los “túneles del principio”, que en este libro tienen una referencia muy clara en esa Asturias de la que procede al menos una cuarta parte de la sangre del poeta. Dice Alencart: “Me conmueve pisar un suelo donde no nací / pero cuya pertenencia reivindico / por la rotunda emigración de los ancestros”. Y enseguida los paisajes, los lugares del carbón y de la lluvia, del frío y de la ausencia se manifiestan como el espacio donde se identifica “la pulpa de tres generaciones”. “Nieto soy de un indiano pobre / cuyos huesos quedaron en el Perú”. Y a continuación la fe de vida: “Lo que no es muerte es vida / y en la casa del saúco / mi cuerpo no olvida / lo que es vivir”. Llenarse de raíces para degustar “instantes que nunca fueron de hojarasca”, porque al final estos éxodos y estos exilios no son otra cosa que una gran metáfora de la condición humana: “Ponerse en marcha, siempre ponerse en marcha”; entrar de lleno en la corriente perpetua que va “del pueblo a la ciudad, de la ciudad a otro país o continente”. El hombre como “tejedor de horizontes”. El estigma de Caín (“esta vez sin culpas”) expulsado a la región de Nod y buscando los caminos de regreso al Paraíso; la señal de Moisés atravesando el desierto en busca de la Tierra Prometida; el signo de Ulises, al que sólo reconoce su perro cuando llega a casa después de la Odisea. Y la metáfora última del sentido de la vida humana: “Creemos poseer la tierra / pero sólo caminamos hacia el abismo”.

Así, junto al innegable valor poético de “Los éxodos, los Exilios” (Fondo editorial de la Universidad de San Martín de Porres, Lima, 2015), hay también un profundo valor moral en la reivindicación del auxilio al emigrado. Acoger, abrazar al exiliado como a un hermano, reconociendo en él nuestra propia condición, sabiendo que quizás mañana seamos nosotros quienes nos veamos obligados a salir al camino: “Los abrazas / porque el éxodo no tiene fin y el próximo viaje / puede ser el tuyo o el nuestro”. Recibir al exhausto “como a la familia que se te quedó / al otro lado del mar”. Construir, en definitiva, un nuevo estatuto para la Humanidad. Y una nueva religión: lo que el poeta llama la “projimidad”. “Heredad del hombre es la esperanza”. O lo que es lo mismo: “que nunca se cierren los caminos / ni prevalezcan / los gendarmes”, “que nunca los hombres se parapeten / en sus apacibles dominios”. Un hermoso compromiso. Así se cumpla en esta eterna canción del trasterrado.

Carlos Aganzo

escritor, director de 'El Norte de Castilla'