Lunes, 14 de octubre de 2019

Como un náufrago o sombra herida

Si alguien me ama, cumplirá mis mandamientos, y

vendremos a él, y haremos morada en él.

Juan, 14, 23-24

 

Torno a decir que para esto es menester no poner

vuestro fundamento sólo en rezar y contemplar; porque,

si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ellas

siempre, os quedaréis enanas…

Santa Teresa, Las moradas,

Morada Séptima, cap. 4, 9

 

Apareció en el cielo una magnífi ca señal: una mujer

envuelta en el sol, con la luna bajo sus pies y en la

cabeza una corona de doce estrellas. Estaba encinta,

gritaba por los dolores del parto y el tormento de dar a

luz.

Apocalipsis 12, 1-2

 

(I)

Como un náufrago o sombra herida hace

al llegar a la orilla memoria del agrio

camino recorrido, así yo, desorientado aún

en la turbiedad de las aguas, azotado

de derrotas frente a la Fiera y su número signado

en el frontis de todas las megápolis, peregrino

de nuevo por las lacias posadas donde descansé

un instante en mis viajes contigo, Teresa de Cepeda

y de Jesús. Y siento cómo mi piel

fl orece de nostalgias de ti:

 nos vimos

una vez, ¿recuerdas?: paja y barro, Gotarrendura,

destellos de ángeles heridos, sin trompeta

ni adarga, palomar relicario del Libro de los Siete Sellos

—Las Moradas— y vientos amarillos vestidos con ese azul

de mediados de septiembre que incuba desde siglos

y siglos ansias de luz en la gris intemperie de los caminos

(que se acuerdan de ti, niña de Ahumada, y recitan

tus versos a la vihuela esculpidos en el trantrán

de las viejas carretas).

Puro azul, desnudo, como traído

de La Anunciación de fra Angelico, que engendra

en los ojos gemidos por derribar tantas fronteras

entre el cielo y la tierra como la carne impone:

Gemidos

de la especie y sus urgencias íntimas, anhelante

por conquistar con estas manos tan de carne

y humo, como tú entonces, ese territorio

que no se sabe qué, o Rostro, o Luz, o Séptima

Morada más allá del infinito azul y del enigma.

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