Miércoles, 26 de febrero de 2020

¿Rarezas eróticas? -II-

La ducha de Paulina Bonaparte (De la novela "La baraja del duque de Otranto". J. J. Muñoz. Ed. Cervantes. Salamanca)

      El cuerpo de la princesa era proporcionado, casi perfecto. Chateaubriand, que la conoció siendo secretario de la Legación de Francia en Roma, escribió sobre Paulina Bonaparte: “Si ella hubiera vivido en los días de Rafael, éste la habría representado bajo la forma de uno de esos amores que se apoyan en la espalda de los leones de la Farnesina y la languidez arrastraría al pintor y a la modelo”.      

     Quienes habían tenido ocasión de admirar la estatua sedente esculpida en mármol rosa a tamaño natural por el artista de moda Antonio Canova, obra que se encontraba en la galería del Palacio Borghese de Roma, se hacían lenguas de la exactitud con que estaba reproducido el perfecto perfil de su rostro pero, sobre todo, de su figura: la tersura de los senos ni grandes ni pequeños, la caída suave de los hombros y la forma a la vez delicadamente femenina y contundente de las caderas; la cabeza apoyada en su mano derecha, y en la izquierda, una manzana, tal vez el símbolo de la tentación de Eva. Porque, al igual que otras altas damas, Paulina Bonaparte no hacía remilgos a exhibirse desnuda, así que mientras recibía la lluvia artificial desde la planta superior ella permanecía en pie charlando despreocupadamente con los invitados.

     La anécdota sobre la cual llamaba la atención el periódico ocurrió una vez terminada la ducha. Un esclavo negro que Paulina había llevado al Palacio Novosibirsk entre otros servidores, apareció con una toalla blanca grande y suave y se la pasó por todo el cuerpo para secarla. Luego ella dijo que tenía sueño y se despidió de la concurrencia. Según decía el periódico, “el criado negro tomó en brazos a la princesa Paulina, la diosa de las aguas Astarté rediviva, y todavía desnuda la condujo por un corredor profusamente iluminado al ala del Palacio donde se encuentran los dormitorios”.

      –Vuestra hermana, sire, tiene motivos para sentirse orgullosa de su belleza –comentó Fouché–, y su majestad nunca ha dado indicios de ser melindroso.

      Bonaparte puso otra vez el diario sobre la mesa y lo golpeó con fuerza con la palma de la mano.

     –¡Pero es que aquí se sugiere la prostitución! ¡Cómo se atreven a hablar de putas en la familia del emperador!