Sábado, 24 de agosto de 2019

A vueltas con los clásicos o el mundo es una alcachofa

La realidad se presenta a nuestros ojos múltiple, espinosa, en estratos apretadamente superpuestos. Como una alcachofa. Lo que cuenta para nosotros en la obra literaria es la posibilidad de seguir deshojándola como una alcachofa infinita, descubriendo dimensiones de lectura siempre nuevas.

Italo Calvino

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Contaba el escritor Rafael Sánchez Ferlosio que de joven, en su afán de hacerse entender por sus perros, se ponía a cuatro patas y trataba de emularlos en voz y movimientos. Viéndole en esta tesitura, su madre le preguntó si sabía lo que estarían pensando estos animales en ese momento, y ante su expectante mudez, le respondió que seguramente se estarían interrogando sobre lo que hacía ese cretino que tenían enfrente.

El autor utiliza esta anécdota para hablarnos de lo que él califica como lenguaje adaptado, utilizando el ejemplo del colonizador que habla con el sujeto colonizado de un modo (las jergas coloniales) que califica de egoísmo práctico, porque el primero sólo tiene interés en transmitir una orden, nunca que el colonizado consiga integrarse mediante el conocimiento de la nueva  lengua. No sé si recuerdan…, es aquello visto y leído cuando éramos niños: bwana ya estar preparado coche con caballos. Y desde aquí Ferlosio nos lleva a otros lenguajes colonizados: el de las masas, las mujeres, y también el utilizado con los niños.

Leyendo estas palabras en su introducción a Las aventuras de Pinocchio, me hizo pensar también en los lenguajes profesionales (médicos o jurídicos, por citar dos muy representativos) que, a veces, parecen confundir la necesidad de la precisión terminológica con un cierto argot para oscurecer la comunicación.

Pero volviendo al texto del autor de los Pecios, la referencia que me resultó más interesante es la que menciona a los niños. Sin proponérselo me trasladó a mi infancia y al recuerdo de la utilización desmedida de los diminutivos, junto a cierta impostación en la voz por parte de personas, seguramente familiares, que pretendiendo ser amables, buscaban encontrar el tono más acertado para lo que entendían que era una comunicación dificultosa entre un adulto y un niño, y que a nosotros, como a los canes de Ferlosio, no dejaba de sorprendernos.

Desconozco la razón, pero de estos recuerdos y de las palabras del también autor de Alfanhuí, salté a la lectura de los llamados clásicos infantiles y a sus posibles adaptaciones: de este azaroso modo se comportan a veces las conexiones cerebrales. En este caso, debido quizá a una venturosa y sugerente invitación que me tiene a vueltas con los clásicos, sus lecturas, adaptadas o no, y deshojando la alcachofa para intentar encontrar en su tierno corazón una respuesta.

Cabría pensar que, para entrar en materia, lo primero sería reflexionar sobre el sentido y objetivo de las adaptaciones, pero me he puesto a trabajar jugando con otras aproximaciones, porque a mí, personalmente, me gustan mucho las hojas de las citadas alcachofas, y su textura y amargor siempre me recuerdan lo que está por venir.

Por este motivo, me ha parecido más sugestivo acercarme primero al lector y a la formación de su competencia lectora, que entrar a bocajarro sobre las ventajas o inconvenientes de las adaptaciones literarias. Y he recordado aquello que decía el amigo Víctor Moreno de forma taxativa y sin lugar para las concesiones: La competencia lectora sin competencia literaria se trunca.

Lo que, a su vez, me ha hecho recordar un texto leído al profesor Sergio Frugoni, sobre un libro recién editado de Cecilia Bajour, profesora y especialista en literatura infantil y juvenil, que tengo ganas de echarme a los ojos, y que clarifica la rotundidad de la cita anterior:

La conversación literaria como metodología crea esas condiciones […] en las que el mediador genera un ámbito protegido para los lectores, escucha, toma nota mental, no se apura en explicar y clarificar, da lugar para que todo pueda ser dicho, pero también contrapone, incita, desafía. Y también incomoda, una palabra que se repite bastante en ‘Oír entre líneas’. Leer también implica salir de la propia comodidad, tomar riesgos y ver qué pasa si leo de otra manera.

Dejarles leer, hablar con ellos sobre lo que han leído, suscitar preguntas…

El escritor estadounidense Tobias Wolff, en su recomendable novela Vieja escuela, hace su aportación al respecto acudiendo a la voz del narrador: Arch se sentía como una especie de preparador de sabuesos, cuando hacía que los chicos se hundieran en lo más profundo de un relato o poema, guiándolos con preguntas, obligándolos a apreciar la cadencia, el detalle, las fintas y los dobles sentidos hasta que al final la verdad mostraba su rostro durante un instante, antes de desvanecerse dentro de un nuevo significado posible.

¿Y cómo se ve todo esto desde la experiencia de un lector hermanado hasta el tuétano con los clásicos?[Img #277668]

Cada vez que abrimos un libro, cada vez que pasamos una página, renovamos nuestra esperanza de entender un texto literario, si no en su totalidad, al menos un poco más que en la lectura anterior. De esta manera creamos, a través de las eras, un palimpsesto de lecturas que restablece continuamente la autoridad del libro, siempre bajo una forma diferente. La ‘Ilíada’ de los contemporáneos de Homero no es nuestra Ilíada, pero la incluye, así como nuestra ‘Ilíada’ incluye todas las Ilíadas que están en el futuro. En este sentido, la afirmación jasídica de que el Talmud carece de primera página porque el lector ha empezado a leerla antes de enfrentarse a sus primeras palabras se cumple con todos los grandes libros. […] cada lectura es, finalmente, no tanto una reflexión o traducción del texto original como un retrato del lector, una confesión, un acto de autorrevelación y autodescubrimiento. Escribe con acierto Alberto Manguel.

Bueno, ¿y entonces qué pasa con las adaptaciones? puede preguntarse algún lector que haya sido capaz de leerme hasta aquí.

Haberlas haylas, y algunas que he leído sobre textos originales que ya conocía, me parecen muy respetables, pero me aventuro a proponer que quizá no siempre se trate de adaptar o de seleccionar partes sustantivas de un texto canónico, sino de revisitar (me gusta este anglicismo) ese clásico, contemporáneo o no, desde otro ángulo o en otro formato.

¿Y después…?

Puede que se despierte el interés por conocer el texto genuino, el original, el conocido como clásico.

Recuerdo ahora al realizador, recientemente fallecido, Manoel de Oliveira y su lectura fílmica de la Divina Comedia, o su transmutada Bovary en el Valle de Abraham.

O por centrarme en la cuestión que me lleva a Bilbao para hablar de estos temas, intentando responder a la pregunta ¿son los clásicos unos inadaptados?, renuevo la gratificante lectura que el genial ilustrador Anthony Browne  hace en ‘su’ Hansel y Gretel de los Hermanos Grimm, o la visión humorística de Caperucita Roja, en imagen y de texto, del ‘irreverente’ Tony Ross, sin olvidar al mordaz Roal Dahl, siempre imprescindible.

Y no me olvido de las reescrituras o acercamientos creativos del Lazarillo de Tormes en Aventuras y Desventuras de Casiperro del Hambre, en la pluma de Graciela Montes, o la Caperucita en Manhattan de la salmantina Carmen Martín Gaite.

Son todos ejemplos, me parece a mí, de cómo ese palimpsesto de lecturas del que habla Manguel, emparejado con el de los textos, carecen (en los dos casos) de primera página, pudiendo añadir que, por fortuna, la última está siempre por escribirse, y también por leerse.

Rafael Muñoz

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