Sábado, 28 de noviembre de 2020

Gaddafi

Hace tres semanas hablé aquí de Sekou Tourè, uno de los tiranos a los que tuve ocasión de ver y oír personalmente en mi trabajo como periodista. Hoy hablaré de otro. El título de un artículo periodístico acerca de la presencia en España del coronel Gaddafi los días 19 y 20 de diciembre de 1984 ("La visita que tiró la puerta”) es significativo del revuelo que solía organizar este peculiar individuo en los ambientes políticos internacionales. El viaje estuvo precedido de misterio y rodeado después de polémica. Yo cubrí aquella información para RNE; lo conté en "Más allá del personaje", del que extraigo este capítulo.

       En los medios periodísticos de Mallorca se rumoreaba el día 18 que alguna personalidad muy relevante estaba a punto de llegar. El hotel Son Vida, uno de los más lujosos y el más frecuentado por gobernantes de todo el mundo, vivía unos extraños preparativos. A nombre de un tal Ibrahimm habían sido reservadas la suite real y una veintena de habitaciones de la misma planta. Por otra parte, se había encargado establecer líneas telefónicas con Trípoli, vía Madrid. El día 19 por la mañana se hablaba ya de la posibilidad de que el huésped esperado pudiera ser el mismísimo presidente de la República de Masas de Libia, coronel Muamar El Gaddafi. Llamé por teléfono a uno de los mejores contactos de que puede disponer un periodista: el director de un aeropuerto. El de Son Sant Joan, Pedro Meaurio, era buen amigo mío. Me dijo que no tenía notificación alguna de ese viaje, pero me dio un dato muy valioso: por la noche había llegado a Palma Bruno Kreisky, líder de la internacional socialista, expresidente de Austria. Este hecho resultaba intrigante porque, aun cuando Kreisky visitaba con frecuencia Mallorca, era raro que llegara fuera de la temporada veraniega, en pleno mes de diciembre. En cualquier caso, de producirse la llegada de Gaddafi, lo lógico es que su avión aterrizase en la base aérea militar, ya que se trata de un presidente de Estado, lo cual requiere medidas de seguridad especiales. Atando cabos, y aunque lo mismo las autoridades civiles que las militares dijeron desconocer el más mínimo dato, me decidí a dar la noticia en el informativo España a las 8. Media hora más tarde me llamaban de la redacción de Radio Nacional en Madrid bastante alarmados: habían pedido al Ministerio de Asuntos Exteriores una ampliación de la noticia y la respuesta fue que desconocían que Gaddafi viajara a España.

      En el transcurso de la mañana la posibilidad fue tomando cuerpo y poco antes del mediodía varias unidades de la Policía Nacional montaban un sistema de vigilancia alrededor del hotel Son Vida, donde nos habíamos ido concentrando buen número de periodistas. La confirmación la obtuvimos con la llegada al hotel de un lujoso automóvil en el que cuatro miembros del séquito de Gaddafi se adelantaban a su jefe para preparar su estancia. Pero desde la base aérea Gaddafi no se dirigió  al hotel, sino a una casa de Santa Ponça, la residencia de un conocido financiero mallorquín. Por la tarde se reunía con el presidente Libio el presidente del gobierno español Felipe González, llegado expresamente en viaje relámpago desde Madrid a instancias, según todos los indicios, de Bruno Kreisky.

      El contenido de la entrevista entre Gaddafi y González no se dio a conocer oficialmente por ninguna de las dos partes. El dictador libio, eso sí, convocó a la mañana siguiente una rueda de prensa que, como todas las suyas, se convirtió en motivo de escándalo político. Para asistir a esta conferencia de prensa se desplazaron a Mallorca periodistas extranjeros, principalmente americanos y alemanes. Muamar El Gaddafi se presentó ante los reporteros ataviado con una capa de corte mussoliniano, blanca y con ribetes dorados. Permaneció todo el tiempo de pie, y cuando se le preguntó en qué idioma prefería que se le formulasen las preguntas dijo que él solamente respondería si se le hablaba en árabe. Así que un periodista alemán, por ejemplo, preguntaba en su idioma, un intérprete traducía del alemán al inglés, otro del inglés al árabe; el recalcitrante líder libio respondía en árabe y se desarrollaba el proceso de traducciones hasta que recibía la correspondiente respuesta el interpelante.

     Lo de la correspondiente respuesta es un decir, porque Gaddafi –breve y contundente en sus afirmaciones– venía a lanzar sus consignas y su doctrina independientemente del cariz de cada interrogante. Echó pestes de su bestia negra, Ronald Reagan, y aprovechó para expresar su opinión de que Ceuta y Melilla son ciudades árabes, aunque matizó que los posibles conflictos en aquella zona no se solucionarían con el uso de la fuerza. El mensaje o la consigna que presumiblemente trataba de inculcar en González no debió de resultar muy eficaz, porque dos años después (en enero de 1987) el coronel libio manifestaba a una colega española, Isabel Pisano, del semanario Época, que esperaba de España todo lo contrario, pero que “los socialistas la han convertido en una base de la Sexta Flota americana”.

      En su visita a Mallorca, primer y único viaje a España del presidente de Libia, Gaddafi estuvo en todo momento rodeado de una docena de guardaespaldas malencarados y nada discretos. Los empleados del hotel se llevaron más de un susto al irrumpir alguno de estos elementos arma en mano en las habitaciones en las que se ocupaban de la limpieza o de alguna reparación.

     Otro dato que no trascendió de ese viaje: Muamar El Gaddafi esperó más de una hora a bordo de su avión la partida desde la base militar de Palma porque las autoridades italianas se lo pensaron mucho antes de autorizar que el excéntrico revolucionario libio sobrevolara territorio de Italia en su vuelo de regreso a Trípoli.

     En el vestíbulo del lujoso hotel mallorquín quedaba olvidada una pequeña y preciosa motocicleta, regalo de Kreisky a un hijo de diez años del coronel Gaddafi que, junto con su esposa, le había acompañado en este sorprendente viaje.