Miércoles, 19 de febrero de 2020

Elegía para un miércoles

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Miércoles, y febrero, que es el gran auditor mercurial de lo recién crecido.

 

Miércoles, día de paso, pasillo donde nadie hace estancia, rampa hacia las alegres praderas del sábado y la luz  eucarística del domingo.

Llegados de la carnosidad guerrera del martes, y de la palidez núbil y párvula de todo lunes, la fogata del cuerpo se nos vuelve aquí un rastro de pavesas en la niebla semanal y descreída. 

Ay de los miércoles, días pábulos, días de nadie, datas de resignación como los de la fea en un baile. Jornadas  de un gris ojeroso donde todo muestra el empeño prosáico de un dietario; donde las cosas no titilan más que su parca ubicuidad, donde el ánimo demedia entre lo que somos y lo que anhelamos ser ,y donde  la tierra  nos gira su recurso para reclamar  nuestros huesos.
 
Hay días, yo no sé, que traen vocación de polvo de camino rodado, de golosina, de hoyo que espera, de caramelo del gusano.
 
Aún corro por el patio del colegio de monjas de mi infancia, huyendo  de aquel día miércoles  que era el que más pavor me daba... Y del capellán que se empeñaba en bautizar mi frente con ceniza. Y cómo me perseguía, y cómo corría con su casulla violeta  y sus todavía hoy presentes ojos de miope sardina.
 
Hay días, ya lo voy sabiendo,  en que el año acoge, como hospicianos, a los días en que la vida se tiene que recordar, más que en otros, que es cenicienta ante la muerte.
 
Adios miércoles teologales, que la losa del olvido os sea ligera.
 
Decir que el cura y el revuelo de los hábitos de las  sores me atrapaban siempre, ya no hará falta que lo diga; ni  que las cenizas son caprichosas, revoltosas si se quiere  como chiquillo que no atiende a muertes giradas a plazos, ni que se sienten emamoradizas en sus arcas, que esto ya lo dejó bien escrito Quevedo.
 
Y que después siempre llega el jueves con su magnificiencia jupiteriana, y el viernes de venusiana aura, tampoco.