Sábado, 28 de noviembre de 2020

Y el silencio

         En un artículo titulado "Mi chip por una sopa de ajo", publicado en La Gaceta el 10 de mayo de 1993, describí sin pretenderlo las bases de la denominada filosofía slow, cuyo primer brote había tenido lugar a finales de los ochenta –aunque sólo en materia de comida, en oposición a la comida rápida o fast food­– y que a lo largo de los años noventa se extendería a otros ámbitos de la vida humana: "Dicen los físicos que el Universo es esférico; algo de eso habrá cuando el agobio de este siglo parece acercarnos contradictoriamente al pasado a medida que avanzamos. Por eso creo que puedo alardear de no ser nostálgico si reivindico el derecho a un tiempo de calma, de lectura reposada, de cháchara distendida sin cámaras ni maquillaje, de árboles abundantes que den frutos y sombra, de trago largo de agua fresca y, de vez en cuando, entre otros placeres de los sentidos olvidados por la cocina de diseño, una buena sopa de ajo".

         Leo ahora que se ha convertido en best-seller el ensayo titulado Biografía del silencio, de Pablo d'Ors, publicado por primera vez en octubre de 2012. En él reivindica la trascendencia del silencio como garante de la calma y la reflexión. Pues bien, en mi ensayo ¿Globalización o incomunicación? (Premio Gran Vía, publicado en 2011) añado al párrafo anterior la reflexión siguiente: "Tengo para mí que una de las grandes conquistas de la Humanidad en este siglo XXI será el silencio: las máquinas sin ruido, los motores imperceptibles, los actos sociales sin gritos ni fanfarrias, la individualización universal mediante auriculares de la escucha de los medios audiovisuales, incluidos internet, videojuegos y realidad virtual, y el disfrute de la música al volumen apropiado. Va siendo urgente adoptar hábitos sociales a la medida real del hombre. Ni del héroe, ni tampoco –en el otro extremo, el más común– del súbdito político, el cliente forzoso o el borrego. Para ello no es preciso separar naturaleza, cultura y civilización como si fuesen compartimentos estancos y, menos aún, bandos enfrentados".

       Sé que son meras coincidencias –al fin y al cabo ya lo había dicho hace casi quinientos años Fray Luis de León en Salamanca– pero me alegran un poco el día.