Sábado, 28 de noviembre de 2020

Calandrajo global

       Resulta penoso comprobar con qué facilidad los embaucadores a sueldo y los redentores bienintencionados manipulan a los estúpidos apelando a dogmas obsoletos, ideas sectarias y simples mentiras. Me refiero aquí a la definición que hace Pancracio Celdrán del estúpido: "un pasmón, un tolondro que obra dando palos de ciego, llevado del deslumbramiento que algo desde el exterior le provoca en un auténtico ataque de papanatismo». Conviene desmontar la falacia de que todas las opiniones son respetables. Porque no es así, por más que lo repitan precisamente aquellos que lo contradicen con sus hechos. Hay opiniones dignas del máximo respeto, otras irrelevantes y bastantes que merecen el mayor de los desprecios.

    De hecho, cumpliendo la ley inexorable de lo osada que es la ignorancia, suelen ser los más necios los que más ruido hacen con sus soflamas, exaltaciones y descalificaciones. En el Diccionario de la RAE figura un término –calandrajo– muy apropiado para calificar el lenguaje de tantos políticos de tres al cuarto y programas de televisión dedicados a jerigonza y farfolla. La Academia remite esa acepción específica de calandrajo a la Salamanca rural: "suposición, comentario, invención".

    Veamos dos calandrajos contemporáneos convertidos en mantras: Uno. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres, más pobres. Dos. Sufrimos un pavoroso calentamiento global.

     Que la crisis ha provocado que haya más pobres es evidente, pero también lo es que se han arruinado muchos empresarios, acaudalados hombres de negocios y familias que eran ricas por herencia. Clamar al cielo contra lo que gastan los ricos en época de crisis, por cierto, es atentar contra los empleos de quienes fabrican, distribuyen, administran y atienden los productos y servicios que aquellos adquieren y contratan. Y por supuesto que hay políticos y empresarios ladrones... lo mismo que sindicalistas corruptos, periodistas mentirosos, cantantes que hacen gallos y monjas ninfómanas, pero ni es un fenómeno nuevo ni se limita a un solo color del espectro ideológico.

     Fui testigo como periodista de la alarma de los años setenta y ochenta sobre el enfriamiento que amenazaba al planeta, poco menos que una nueva glaciación. Al cabo de una década, los redentores invadieron las redacciones de mensajes igual de firmes y fiables en el sentido contrario: se nos viene encima el calentamiento global. Los dos últimos inviernos Estados Unidos ha registrado una ola de frío histórica, con las temperaturas más bajas en muchas décadas; las mínimas alcanzaron los 30 grados centígrados bajo cero y el viento causó una sensación equivalente a 50 bajo cero. La semana pasada una tormenta de nieve paralizó la ciudad de Nueva York, y numerosas provincias españolas se mantuvieron en alerta naranja o amarilla por nieve y lluvia.

    Como el tiempo está llevando la contraria al pronóstico del calentamiento global, los profetas han tirado por el camino del medio y hablan más de "cambio climático", debido, cómo no, al capitalismo. Está claro que el clima del planeta evoluciona desde que el mundo es mundo, pero lo hace de forma aparentemente caótica y como consecuencia del Sol, la Luna, el magma terrestre, las placas tectónicas y los volcanes. Otra cosa es que existan microclimas afectados por acciones concretas del hombre, como la deforestación, la emisión excesiva de gases contaminantes o la polución de los ríos y los mares. Que estos sí son problemas bien graves.

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