Sábado, 28 de noviembre de 2020

Ciencias remotas

Reproduzco algunos fragmentos de mi ensayo "¿Globalización o incomunicación? Las grietas del arte, la cultura y la libertad" (Premio Gran Vía 2011) acerca de un aspecto de nuestra cultura que considero deficitario: el estudio de los mensajes de la antigüedad.

    La arqueología y las ciencias sociales auxiliadas por la tecnología contemporánea han encontrado argumentos suficientes para creer que los tratados de las más antiguas civilizaciones ocultan tesoros de conocimiento científico indudablemente útiles para los estudiosos de hoy. Veamos varios casos dignos de consideración tan simples como irrefutables:

      A principios del siglo veinte un farmacéutico sueco llamado Westling identificó en una superficie poblada de hisopo el hongo penicillium notatum, el mismo por el que Fleming descubrió el poder antibiótico de lo que bautizó como penicilina. El salmo LI de la Biblia dice: “Me rociaréis con hisopo y yo quedaré purificado”.

       El segundo caso es la reciente teoría, que los sabios de la Física dan por buena, sobre la luz como clave del origen del Universo. Pues bien, hace ya mucho que la Biblia simbolizaba el origen en estos términos: “El primer día dijo Dios: haya luz, y hubo luz”.

      El poema épico hindú Bhagavadgita, que inspiró a siniestros partidarios de la guerra, describe una explosión nuclear con anticipación de siglos e inquietante precisión: “la radiación de mil soles. Soy la muerte, la destructora de los mundos”. La coincidencia la hizo notar el propio Oppenheimer, el padre de la bomba de plutonio, al observar los efectos de la primera explosión controlada en el desierto de Nuevo México.

      Un cuarto hecho significativo lo señaló el prestigioso matemático físico Bertram Kostant en su discurso de investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca en 1992: “Los antiguos griegos, y en particular la Escuela de Platón, demostraron que había exactamente cinco sólidos simétricos dentro del espacio: los famosos sólidos platónicos –el tetraedro, el cubo, el octaedro, el dodecaedro y el icosaedro–. Los griegos creían que éstos eran piezas fundamentales en la construcción del mundo. Y he aquí que lo que estamos intentando comprender es que los matemáticos han descubierto que los griegos tenían razón”. [...]

      El brahmán Shankara, el más influyente de La India después de Buda, escribió a comienzos del siglo IX que el mundo es una ilusión, maya, y que la única realidad cierta es el alma inmaterial.

        Un filósofo persa del siglo XVII llamado Suhrawardi pensaba que además de este mundo debía de existir un "reino de las imágenes", anticipación en cierto modo de la realidad virtual.

         En el ámbito específico de la Comunicación, los indios whaso de la América precolombina disponían de tres formas distintas de un mismo verbo según quisieran expresar algo que conocían por experiencia propia, algo que era mera suposición o rumor, o bien algo que habían soñado. Hay también un caso llamativo de anticipación en nuestro acervo cultural, y es la forma tan precisa en que, en el siglo XVII, Lope de Vega se adelantó a la comunicación electrónica al escribir estos versos: “Las noticias, tan veloces / como el rayo han venido. / ¿Quién sabe si andando el tiempo / vendrán con el rayo mismo?”

     ¿Imaginación o información? Alguien puede pensar que se han tomado por los pelos meras casualidades y se han llevado a una hipótesis desproporcionada. Pero las coincidencias casuales sólo pueden vivir en la oscuridad. Cuando se les aplica el más mínimo rayo de luz, se desvanecen. Porque las casualidades no son sino causalidades mal reveladas, lo mismo que el azar es una forma ordenada de sucesos cuyo sistema desconocemos.