Lunes, 6 de julio de 2020

Estafas

El ya manido –y cada vez más falso- axioma de que es en época de dificultades económicas cuando la creatividad y la imaginación artísticas muestran sus mejores realizaciones y el talento se sirve de sus más caras armas, está siendo otra vez puesto en cuestión en España a la vista de la pobreza creativa que en este tiempo de estrecheces económicas y morales muestran la práctica totalidad de las disciplinas artísticas, especialmente las más populares, perdiendo hasta el derecho de ser así llamadas a la vista de la chabacanería general con que pretenden definirse.

La interesada confusión entre rentabilidad económica y talento creativo, que viene haciendo estragos en el mundo artístico desde hace demasiado tiempo, ha cristalizado en la absoluta desaparición de una crítica entendida y de contenido ético, lo que ha dado alas a trompeteros, engañabobos, pintamonas y charlatanes de todo pelaje para vender productos supuestamente culturales de pregonado contenido artístico, que hacen enrojecer de vergüenza a quien tiene la humildad de pararse a contemplarlos o se toma, aun someramente, la molestia de analizarlos.

Sin mencionar por el momento otras disciplinas artísticas en las que se mueven colosales intereses y cantidades económicas –pintura, escultura, fotografía, exposiciones, subastas…- y cuya manipulación, políticas de creación de bluffs, ensalzamiento y valorización artificial de mediocridades, complicidades y negocios en redes de compraventa y otras exquisiteces ‘culturales’, están siendo analizados desde hace muchos años (últimamente, por ejemplo, y con gran brillantez por Félix Ovejero Lucas en su espléndido El compromiso del creador –Ética de la estética-, Galaxia Gutemberg, 2014), podríamos descender a lo más cotidiano y lamentar que una película tan mediocre como Ocho apellidos vascos, de innegable éxito en taquilla, sea presentada como hito anual de la creación cinematográfica española, y esté sirviendo de modelo, supuestamente artístico, a los realizadores cinematográficos; que montajes teatrales como el incomprensible y snob realizado por Blanca Portillo de Don Juan Tenorio o la taquillera papilla teatral para intelectualoides de medio pelo de El rey Lear interpretado por Nùria Espert, sean considerados el culmen del arte de Talía; que la más publicitada realización editorial del año para la animación a la lectura sea una edición cortada, manipulada, resumida, traicionada e insultada del Quijote, patrocinada además por organismos públicos que deberían luchar precisamente contra esas manipulaciones. Y que todo esto –y mucho más- sea ensalzado por la única crítica cultural existente en este país, una suerte de nómina de firmas fijas –salvo alguna excepción- que elaboran, a modo de críticas, repetidas y previsibles crónicas de amistad y enemistad, ajustes de cuentas, narcisistas autorretratos o explicitación del maldito interés que para los demás tienen sus gustos personales; una nómina que se reparte por los medios de comunicación y sus suplementos, incontestable, subida en el pedestal de una soberbia casi ofensiva, ensuciando las páginas del fin de semana con sus ‘críticas’ homogéneas, ‘industriales’, clónicas y previsibles hasta la náusea, no es más que otro síntoma de la ineducada visión cultural de todo un país, del artificial panorama de apreciación del Arte creado en España a nivel popular y cuyo cabal conocimiento, verdadero desarrollo y clara percepción están siendo, sin responsabilidad alguna, gravemente estafadas