Miércoles, 20 de febrero de 2019

El Jalogüin de las calabazas

[Img #134005]

 

Es imparable. Y lo peor de todo es que si te opones ya empiezan a mirarte mal. Llega el día de Todos los Santos y en lugar de enseñar a nuestros hijos que la muerte es una parte de la vida, que en nuestra cultura recordamos a los que ya no están entre nosotros para que no se mueran del todo; en vez de explicarles que el cementerio es como una pista de despegue y que por eso los abuelos y los padres van a limpiar las lápidas y poner flores; en lugar de aprovechar esta fiesta tan ancestral, tan de vida y muerte, tan básica para comprender que sólo estamos aquí de paso y que por eso tenemos que hacer un pequeño esfuerzo por ser felices haciendo felices a los demás… pues no. En la guardería de mi hija nos mandan una nota diciendo que tenemos que disfrazarla de gilipollas. O lo que es lo mismo, de calabaza, de bruja, de araña, de su puta calavera, me cago en todos sus muertos. De “algo que dé miedo”, dicen las inconscientes.

Y yo me pregunto si esta es la educación que queremos para nuestros hijos. Que celebren fiestas que aquí no significan absolutamente nada. Porque entiendo que a mi niña la vistamos de amarillo para la fiesta del susodicho color. O de rojo, o de azul. Me parece educativo y estupendo. Una herramienta pedagógica y divertida. O que la tengamos que poner el traje de chulapona cuando llegue el día de San Isidro, o que le pongamos un atuendo navideño de pastorcita, de angelito o de lo que tengamos por los cajones para recibir a los Reyes Magos. Pero disfrazarla de  calabaza… Celebrar una fiesta absolutamente extraña que no tiene ningún sentido si no es el de que comprendan las vomitivas producciones cinematográficas que proyectan en los cines de los centros comerciales. No lo entiendo. De verdad que no.

Imagino que toda esta gilipollez del “Jalogüin” se acabaría si los españoles viajáramos un poco más para conocer otras culturas y costumbres con el fin de valorar las nuestras y no dejar que caigan en el olvido. Pero no. En lugar de visitar el cementerio y recordar a nuestros muertos para que sigan vivos, los yanquis nos colonizan suavemente con el truco de sus pelis para adolescentes, con el trato a gran escala para vender disfraces de brujas, calabazas y arañas. Y el menda lerenda tiene que claudicar en público y encabronarse en privado. El que esto escribe no tiene más remedio que comprar un ridículo disfraz de cucurbitácea para que su hija vaya hecha un adefesio y participe en la puñetera colonización del “Jalogüin” si quiere ir a la guardería sin que los otros niños la traten como a una apestada y sus educadoras tachen a sus padres de intolerantes, talibanes, intransigentes, ultracatólicos y españolistas.

Juro que me quedo con las ganas, juro que me sopla la gaita lo que digan de nosotros. Pero claro, mi hija no tiene culpa de que sus padres sean unos radicales que no quieren celebrar una fiesta con la que no nada tienen que ver. De modo que, a tragar. Y si hay que celebrar el 4 de julio, pues iremos comprando una bandera norteamericana para decorar el balcón. Qué más da.