Sábado, 28 de noviembre de 2020

Otra de tontos

       ¿Quién no ha sido engañado en alguna ocasión? Yo, desde luego, sí. ¿Y quién no ha hecho el tonto o se lo ha hecho? Ídem de ídem. El que esté libre de tonterías que tire el primer twitter. Ahora bien, hay una clase de seres humanos, a los que me voy a referir, que ostentan la necedad como rasgo destacado de su carácter.

      Una de las características de los tontos es precisamente no saber que lo son. ¡He conocido tantos! Los he visto, oído y leído de muy diversas formas y tamaños en sus variantes de necios, ignorantes, imbéciles, torpes, inútiles, presuntuosos, melindrosos, memos... Todos ellos del género tonto (aquí sí encaja el género, que suelen confundir con sexo), y la mayoría compatibilizando cualquiera de esas especialidades con un carácter cobarde, envidioso y falso.

     Con las excepciones propias de la compleja condición humana, los tontos suelen ser dañinos; o unen a su limitación mental el veneno de la envidia o estropean cosas o estorban. Tomás de Aquino creía que los malos son los tontos... y le hicieron santo. Aunque soy menos virtuoso que Santo Tomás, dejo un resquicio a la existencia de una masa informe de buenitontos, seres sin personalidad que no han roto un plato, en parte porque les falta mala voluntad y en parte porque no saben cómo hacerlo. Como carecen de ideas propias, tienden al gregarismo, a actuar en bandadas como pájaros de mal agüero.

    Nuestra civilización dificulta que se den tontos puros sin conservantes ni colorantes. Hay tontos descubridores de Mediterráneos que desconocen el río de su pueblo. Pánfilos que lo mismo se abrazan a las farolas que se dejan llevar adonde sople el viento. Tontos útiles, borregos de los rebaños que apacientan los poderosos, carne de cañón de manifestaciones y algaradas, linchadores de tirar la piedra y esconder la mano. Analfabetos averiados por el estudio, incluidos doctores y catedráticos. E individuos con cargos influyentes, honores y premios de relumbrón que no dan una a derechas. Estos últimos, una de dos, o creen que los cargos y prebendas que disfrutan obedecen a sus méritos, lo cual acredita la profundidad de su ignorancia, o conservan un rasgo de lucidez que les advierte que los han usurpado, lo cual les reconcome y agudiza su envidia contra quienes sí los merecieron.

      ¿Por qué hay tantísimos políticos, sindicalistas y representantes ciudadanos de los de sueldo o ventajilla que quieren hacernos creer que saben cómo arreglar el mundo, estropeado siempre por otros, faltaría más? ¿Por qué despotrican contra cualquier receta que no sea suya diciendo que ellos poseen la fórmula de la felicidad, aunque no la aplican cuando les toca el turno? Pues, porque muchos tontos pican.

     Cuando sea científicamente posible contar las neuronas como ahora se pueden contar los glóbulos rojos, más de un listo va a quedar en evidencia.