Sábado, 28 de noviembre de 2020

Aficiones

       Parafraseando a Ortega, yo soy yo y mis aficiones. Estamos hechos de instintos, pasiones y sentimientos. Dependiendo de la personalidad de cada uno, las aficiones se enmarcan en alguna de esas tres categorías; en algunos casos, en las tres a la vez.

       Una cosa buena de escribir sobre tu propia vida es que puedes permitirse quedar como dios, porque eliges los recuerdos y las palabras y, por muy objetivo que pretendas ser, filtras lo inconveniente y adornas lo que conviene. A lo largo de mi vida he realizado muy variadas actividades artísticas, literarias y deportivas (ya conté algo del fútbol), pero me curo en salud advirtiendo de ciertos matices nada dignos de lucimiento. El primero, que soy poco dado a la regularidad, funciono a rachas o a impulsos y la mayoría de estas cosas las he practicado de forma ocasional y esporádica. El segundo detalle es que en ocasiones, también bastante mal. Hoy hablaré de las que tienen que ver con la Naturaleza.

         De críos, en Bilbao salíamos de vez en cuando mi amigo Antón y yo a cazar pajaritos con chimbera. Allí se llama chimbera a la escopeta de aire comprimido, precisamente porque no sólo se usaba para tirar al blanco sino para cazar chimbos. Hoy seríamos perseguidos por la guardia civil, las oenegés y la caterva de comisarios éticos que nos rodea. Y no te digo nada si llegan a pillarme pescando en el Cañón del Río Lobos mientras mi padre asaba al aire libre un cordero tierno como el hojaldre. Pero ni de lo uno ni de lo otro se derivó afición por la caza o la pesca. Antón, en cambio, ha practicado todas las variantes de la caza menor y mayor, incluida la de los cinco grandes de África.

        En los veraneos infantiles en el pueblo de origen de mi padre comencé a montar a caballo, supongo que manera poco ortodoxa puesto que a mi paso oía exclamar a los lugareños "¡a dónde va como loco ese chiquito!", "¡se va a matar!" y otros comentarios semejantes. Es curioso que los nombres que predominaban entre los equinos, mulos y asnos eran los de "Moro" y "Morito". Supongo que ese bautismo habrá sido prohibido por xenófobo y racista.

        De ahí sí se derivó una afición a la equitación. Durante los cuatro años que residí en Mallorca salí a montar con frecuencia por los alrededores de Palma. Alquilaba un caballo y recorría fincas y montes. ¡Qué tiempos aquellos en que todavía existían tierras y solares sin vallar! Mi mujer no comprende que recuerde con placer aquellas experiencias que me costaron serios disgustos. Porque lo cierto es que tuve varios accidentes, uno de ellos muy grave. Simplificando, se me encabritó un caballo, se levantó de manos verticalmente, me tiró hacia atrás (montaba a la inglesa, en silla sin el respaldo alto de la vaquera) y se sentó en mi abdomen golpeando con sus casi quinientos kilos de peso. Tuvieron que operarme a vida o muerte y estuve tres meses ostomizado. En dos ocasiones salté en marcha de caballos desbocados. En el cómic adjunto narro una tercera, en que fue el animal el que me lanzó por el aire, con la consecuencia de una pierna escayolada. Se llamaba "Nevado"; lo aclaro porque en los bocadillos de la historieta digo que ese día montaba "a Nevado" y un listillo me hizo notar la errata del participio sin hache.