Sábado, 28 de noviembre de 2020

La Universidad, enferma

          China, mediados de los años setenta. El presidente de la Universidad Qinghua se dispone a presentar a un agonizante Mao Tse Tung el informe sobre el sistema educativo. Lo cuenta en Tiempos modernos Paul Johnson: "Mao le dijo que hablara tres minutos. Treinta segundos bastarán. Los alumnos universitarios estudian los textos de los colegios secundarios, y su nivel académico es el de las escuelas primarias".

            Tras documentarse en las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, Tom Wolfe publica en 2004 Soy Charlotte Simmons, una novela que denuncia el nivel de degradación al que ha caído aquel sistema universitario, más propio de ambientes marginales que de ambientes académicos.            

            Lo que comenzó como un síndrome incómodo ha terminado en pandemia global. La Universidad es una institución corrompida que no cumple ya su finalidad fundacional de alma mater, madre nutricia de conocimientos y guía de comportamientos socialmente positivos.

            En 1974 (sí, hace cuarenta años) publiqué en La Hoja del Lunes de Bilbao un artículo titulado "Respuesta de la Universidad al signo de una época", en el que me atreví a señalar ciertos síntomas: "las estructuras intelectuales y morales que han acompañado a la sociedad durante cientos de años no son adecuadas a los tiempos actuales. La Universidad –cuna de todos los saberes– tiene hoy más que nunca ante sí una ardua tarea de encauzar el ingente caudal de conocimientos, conjugando la necesidad de trasmitir la aportación de las ciencias con su imperioso principio de formar los pensamientos para un más completo y perfecto humanismo. No lo conseguirá en medio de la violencia ni de la masificación, sino espigando cuidadosamente, por una parte, en el acervo de la cultura y, por otra, entre quienes aspiran no sólo a aplicarla sino también a transmitirla, como levadura para una sociedad mejor".

            En el curso 1990/91 comencé a impartir clases en la Universidad Pontificia. Expuse mis primeras impresiones de aquel año en un artículo publicado en La Gaceta el 9 de mayo del 91 bajo el título "¿Esta enferma la Universidad?". Lamentaba entonces que la mayoría de mis alumnos, de tercero de Periodismo, no habían recibido en sus años decisivos de formación "ninguna de las improntas que marcan el carácter de los hombres sabios: curiosidad, rigor y disciplina. El rigor y la disciplina son condiciones que han tenido muy mala prensa en los últimos años. Hubo quien las consideró poco progresistas y eso equivalía prácticamente a condenar su uso. ¿Y la curiosidad? Ha sido sustituida por el sucedáneo del culto a lo audiovisual. Hace muy poco tiempo –añadía en mi artículo– he tenido la prueba de que nos encontramos ante la primera generación de estudiantes iletrados de la historia".

            Las autoridades políticas y educativas estaban ya entretenidas en peleas ideológicas y endogámicas, que acarreaban un progresivo abaratamiento de la exigencia académica. La masificación se había convertido en factor cancerígeno. Lo comenté en un nuevo artículo (La Gaceta, 16 de octubre de 1992) titulado "La Universidad, la masa y el futuro": "A mi juicio, quienes creen que la generalización del acceso a los niveles superiores es una conquista social, se equivocan. En realidad es una lacra social, una versión espuria de la justicia distributiva. La auténtica justicia debe estar en el punto de partida (igualdad de oportunidades) y no en el de llegada (título para todos)". Y también: "Hace mucho tiempo que tenía que haberse resuelto el debate sobre la masificación para pasar a dirimir si conviene o no retornar a la excelencia".

            Como casi siempre, no noté repercusión de mis lamentos, aunque supongo que eran compartidos por compañeros tan interesados o más que yo en el asunto. Mi única gratificación fue comprobar que años después coincidía con mis ideas un académico tan ilustre como Enrique Battaner, quien sería investido en 2003 rector de la Universidad de Salamanca. Decía el profesor Battaner en sendos artículos de La Gaceta: "Sostengo con firmeza que el mejor sistema de enseñanza es el público. Pero público no significa generalizado, y los estudios deben necesariamente articularse de forma piramidal, con una amplia base y un pequeño vértice. La igualdad de oportunidades debe manifestarse en el derecho a optar a cualquier nivel educativo no obligatorio; pero la admisión al mismo sólo puede hacerse por méritos y capacidad". (21 de febrero de 2000). Sus opiniones sí debieron de tener respuesta, pero no precisamente la que esperaba, porque unos meses más tarde volvía a manifestar así su preocupación por el alarmante descenso del nivel de exigencia: "Da la impresión de que el cultivo de la excelencia es algo antidemocrático o incluso fascista. Todo han de ser facilidades, y la implantación de restricciones al acceso suele ir acompañada de furibundas protestas sociales". (25 de septiembre de 2000).

    En este sitio de internet hice recientemente algunas sugerencias para la conmemoración del octavo centenario de la Universidad de Salamanca. Debería decir, más bien, de lo que quede de la Universidad, todavía valioso en comparación con la media. Porque mi intención era que la efeméride sirva para repuntar en alguna medida la atonía que también padece, promocionar sus virtudes (sobre todo, la enseñanza del español) y atraer turismo a Salamanca, porque a falta de industrias hay que agarrarse con uñas y dientes al sector servicios.

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