Domingo, 18 de agosto de 2019

El atardecer eterno

He aprendido a viajar por todos los caminos de la tarde, en la ciudad de la luz… por un sin fin de calles, por sus jardines, que traspasan los sueños de las flores.

Por caminos apesadumbrados de cielos de nubes surcados por la lluvia que cae sobre la paz de los estanques… también por los caminos de cielos azules, con los pájaros que vuelven como una resurrección al atardecer, hasta las azoteas

He viajado por los mares arados de sueños y memorias, por los campos fértiles de la esperanza acurrucada en  los jardines secretos del alma, en la contemplación del aire silente que cruza los parques.

 

Siempre tengo ante mi un horizonte de sueños, las torres de mi ciudad… la tarde que pasa y que no vuelve, como el curso de un río que se lleva los días en su reloj de horas consumadas de esperas, al pie de la ciudad que se revive al sol, en las tardes frías del invierno, en las heladas nocturnas de los campos… en la lluvia prendida de los árboles y las estatuas solas

 

 

Cada atardecer vive en la memoria de los días, igual que un poema, hecho silencio, y es su callar encendido el retorno al jardín de todos los recuerdos, de los pasos perdidos.

Los atardeceres siempre nos traen los paisajes del alma, por eso siempre viven en el corazón eternamente, con sus otoños cuajados de nostalgias, con sus primaveras de tierra encendida, con su verano dorado de los campos… con la silenciosa nieve del invierno.

Cada día, el atardecer nos devuelve a  la luz  en el camino a la noche, cada atardecer es una esperanza abrazada a la luna que generosamente muere para que vuelva el día con un nuevo sol y un sueño nuevo

En el atardecer, tú, mi ciudad de la Luz… la ciudad que no perece… la que vive en mí, plena de sueños y de lugares próximos, estás eternamente suspendida de cada instante fugaz que no regresa.