Jueves, 20 de junio de 2019

Chispazos de felicidad

Lloras como un crío cuando tu hija te da un beso con abrazo y te explica, con su lengua de trapo, que es porque tu equipo ha ganado

La vida no es como en los anuncios. Ni como en las películas de Bollywood que siempre acaban bien. La vida no es todo magro. Ni con permanente sabor azucarado. La vida no es de color rosa. Lo bueno de la vida es su infinita paleta de colores, la inabarcable gama de sabores, esa mezcla de emociones que te empujan a querer apurarla un poco más.

Cuando uno empieza a tomar conciencia de que está vivo, de la vida, dicen los que estudian que coincide con la pubertad. Y el ansia por probar, las prisas por descubrir, le hacen a uno cometer las locuras adolescentes y de la primera juventud. Pareciera que no le llega a uno la vida para visitar todos los sitios donde hay algo que ver, una copa que beber, alguien a quien besar, una canción que bailar y una noche más a la que vencer.

Pasan los años y, con ellos, llega la madurez. Es fácil darse cuenta. Uno va al urólogo, se hace una gastroscopia, tarda dos días en recuperarse de una resaca y deja de jugar al fútbol para pasarse al pádel, a correr o –lo que es peor- a formar parte de aquel grupo de señoras sobre las que hacías el chiste del colesterol. Pero no todo es tan nefasto. Es en ese punto de goteras físicas en el que vas descubriendo las fronteras de tu cuerpo cuando te das cuenta de que tu espíritu, tu mente, tu alma, tu como-quiera-que-le-quieras-llamar, se revela ante ti como un mundo inmenso e ignoto que reclama tu atención, que te pide más cuidados, que te exige un plus de dedicación.

Y es en ese punto en el que uno cae en la cuenta de que el jamón sin sus vetas de grasa pierde la gracia y apenas tiene sabor. Como que se te despierta la conciencia y de pronto te levantas un día entendiendo que la muerte es parte de la vida. Sí, el final. Pero vida. Y empiezas a dar valor a momentos, lugares y acciones que antes te parecían de lo más insulsas, comunes, tediosas y rutinarias. Te emocionas más. Lloras como un crío cuando tu hija te da un beso con abrazo y te explica, con su lengua de trapo, que es porque tu equipo ha ganado. Y desayunar pan con aceite, en casa, con la mujer de tu vida, se convierte en una fiesta como nunca hubieras imaginado. Y llamar a tus padres, sólo para oír su voz repetir la misma cantinela, pasa de ser una obligación a convertirse en un regalo más. Como levantarse cada día, como tirar la basura, como ir a la redacción, como escuchar a tus compañeros, como ir a por las niñas, como estar en el parque, como bañarlas antes de la pelea de la cena y el cuento de buenas noches. Como ser consciente de que uno está vivo. Como disfrutar de lo que a veces duele vivir.