Sábado, 28 de noviembre de 2020

Fuera caretas y pasamontañas

Si no hubiera tantos precedentes, resultaría pasmoso que se atribuyan las algaradas de Burgos a una legítima reclamación ciudadana. No señor, los violentos que se han cargado el proyecto del bulevar no representan a los burgaleses ni reaccionan al malestar de la calle. Eso son los pretextos. La realidad es que actúan como instrumentos de un movimiento antisistema vinculado a la izquierda radical, sus partidos, sus sindicatos y sus organizaciones presuntamente vecinales.

Claro que eran discutibles los pros y los contras del proyecto del bulevar, así como su conveniencia o inconveniencia urbanística, pero había sido aprobado legal y democráticamente e iba a constituir una fuente de empleo para numerosos trabajadores en tiempo de crisis. Sin contar con la incongruencia que supone que los mismos que exigen que la economía se centralice en las administraciones públicas se opongan al supuesto “derroche” en una obra pública. Los mismos que hablan de los derechos ciudadanos y exhiben el pacifismo mientras impiden la libertad de la mayoría y buscan a toda costa el conflicto.

Hace tiempo que comprendí que muchos de quienes votan a esta izquierda radical no lo hacen “a pesar de que es” mentirosa y represiva, sino precisamente “porque es así”. Los torpes, vagos, envidiosos y rencorosos se sienten identificados con los que pretenden obligar a los ciudadanos a pensar y actuar como a ellos les conviene. ¿Y qué le conviene al socialismo? Le conviene la pobreza. Tremendo, ¿verdad? Pues no es una opinión sino una constatación. Mal podría considerarse fascista a Winston Churchill, el político que más contribuyó a derrotar el nazismo, y Churchill dijo que “el socialismo es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia y la prédica a la envidia; su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.

Como se ve, no son la derecha rancia ni la iglesia católica quienes lo descalifican. Al contrario; según el papa Benedicto XVI, “en muchos aspectos el socialismo democrático resultaba y resulta cercano a la doctrina social católica”. Una coincidencia entre ambas doctrinas –además de su eficacia propagandística– es la exaltación absurda de la pobreza material como si se tratara de una virtud y la condena de la riqueza como un defecto. Con ello contradicen la lógica elemental porque la tendencia normal del ser humano es huir de la miseria (¿a quién no le gusta mejorar su situación), y porque sus principales líderes no pregonan con el ejemplo. Puede parecer una barbaridad comparar ideologías tan distintas, pero una y otra, so pretexto de redimirnos en el más allá o en este perro mundo, acumulan un balance terrible. La iglesia arrastra la crueldad histórica de la amenaza del infierno y las prácticas criminales de la Inquisición; y el comunismo, todavía vigente, la ruina, la tortura, los campos de concentración y la masacre de millones de hombres y mujeres en medio mundo.

Cuando Rajiv Ghandi fue elegido candidato a la presidencia de la India por el partido socialista (Congress Party) propuso medidas para que prosperase la clase media urbana, lo cual redundaría en beneficio de los pobres de las  aldeas. “Los viejos dinosaurios del partido le recordaron que lo importante era mantener la lealtad de los votantes, que en su inmensa mayoría eran pobres de solemnidad. ¿Qué sentido tenía hacer una política que no les beneficiase a corto plazo? ¿Acaso quería Rajiv que el partido perdiese las próximas elecciones?”. Lo entrecomillado es cita textual de la obra El sari rojo, página 382. Rajiv Ghandi, por cierto, murió en un atentado.

Hay, como digo, muchos antecedentes. A la edad de veintidós años, Lenin “disuadió a varios amigos de la idea de recolectar dinero para las víctimas del hambre, con el argumento de que el hambre cumple una función progresistay lograría que los campesinos reflexionen acerca de los hechos fundamentales de la sociedad capitalista”. (Lenin, David Suhb, 1966, cit. por Paul Johnson: Tiempos modernos, p. 72).

No hace falta salir de España para comprobarlo. Basta con ver el resultado de sus gobiernos para las arcas públicas y el empleo. Pero si prefieren muestras muy concretas relacionadas con la agitación, ahí va un botón. En noviembre de 1998 la UGT de Alicante dio orden a sus directivos para que armasen todo el jaleo posible contra el acuerdo salarial propuesto por Pryca. Pese a que en ese mismo documento del sindicato socialista figuraba esta afirmación: “te informo que lo ofertado por la empresa es aceptable ya que, entre otras cosas, respetan todos los puestos de trabajo”, concluía que “por estrategia sindical no firmaremos el acuerdo [...] y, además, debemos decir que es un mal acuerdo”.

Que a uno le llamen facha (tremenda originalidad, por cierto) es pecata minuta al lado de lo que puede acarrear llevar la contraria a semejante dogmatismo irracional y envenenado de odio. Lo he experimentado en mis propias carnes. Nunca he militado en organizaciones políticas ni sindicales, no he recibido subvenciones o comisiones de partidos ni gobiernos, no he suscrito ni respaldado manifiestos ideológicos. La independencia me ha costado muy cara; en todos los sentidos, incluido el dinero. Cuando me jubilé me propuse taparme la nariz y olvidarme de la política, pero si no escribo esto sentiré que, por omisión, cometo una falta contra la mayoría silenciosa.