Sábado, 28 de noviembre de 2020

Horrores

     Una de las ventajas de estar jubilado como periodista es que no tengo obligación de seguir la actualidad y puedo pasar de la avalancha de tragedias, sufrimientos y crímenes que inundan los noticiarios. Me ha parecido siempre que cuanto menos cosas malas se vean, mejor para la salud mental. Ahora resulta que, según un reciente estudio de la Universidad de Yale publicado por The Economist, mirar truculencias y pornografía puede disminuir la visión temporalmente. Han llamado a ese fenómeno “ceguera inducida por la emoción”, ya que el cerebro no atiende a los estímulos que recibe después de contemplar esa clase de imágenes. El momento de “ceguera” dura entre dos y ocho décimas de segundo y va seguido de una merma en la capacidad de atención. Puntualizo que el estudio habla de pornografía, que no de erotismo, del que ya he dicho que soy partidario.

      Creo que la apelación a la solidaridad universal es una jeremiada. Y no digamos ya el sonsonete del “todos somos responsables”. Los seres humanos tenemos un límite mucho más corto. Escribí hace casi veinte años que el mandamiento de amar al prójimo, asumido como principio fundamental de buen comportamiento, se refería en origen a amar al próximo, es decir, a quienes se encuentran física y afectivamente cerca. Una de las consecuencias más conflictivas de la comunicación a través de los medios de masas ha sido precisamente el convertir en prójimo a cualquier otro ser humano del planeta por alejado que esté de nosotros. Porque es sicológicamente imposible abarcar con nuestra capacidad sentimental a tantos individuos, grupos, pueblos y naciones sufrientes como aparecen sin solución de continuidad ante nuestros ojos a través de los medios. En este sentido, me hizo gracia la respuesta que el protagonista de la serie televisiva “Doctor House” daba una colega de su hospital que le preguntó si le parecía mal que se preocupase de la pobre gente de África. Contestación de House: “Por supuesto que está mal; porque la naturaleza ha modelado nuestro instinto para que nos preocupemos del bienestar de las personas cercanas, no de los miembros de tribus remotas que a lo peor, encima, son nuestros enemigos”.

     Y, por favor, antes de replicarme con reproches viscerales dígame que está haciendo usted ahora mismo para paliar el malestar, las desgracias o las necesidades de sus padres, sus hermanos, el vecino de la puerta de al lado y la señora a la que oyó decir en el autobús que toda su familia se encuentra en paro.