Jueves, 3 de diciembre de 2020

Tópicos y otras ignorancias contemporáneas

José Javier Muñoz 4 Vista-fachadaVengo recopilando desde hace muchos años sucesos y anécdotas que contradicen algunos de los tópicos más extendidos a lo largo de la historia, mitos y mentiras que han arraigado en el subconsciente colectivo como si fueran axiomas. Por ejemplo, la terrible tosquedad y fiereza de Atila (hombre culto y amable en la vida real) o la falacia del genocidio español durante la conquista de América (periodo en que nació el concepto de derechos humanos para proteger a los indígenas y fue desarrollado por la Escuela de Salamanca como preludio del Derecho Internacional). Hablaré seguramente de estas cosas en próximos artículos, pero hoy relataré una de tales contradicciones con un hecho mucho más reciente. En una de mis últimas visitas a Bilbao, este año, a mi mujer y a mí nos pilló la hora de comer callejeando. Estábamos en el barrio de nuestra infancia, en Indauchu (entonces todavía no se escribía con tx) y se nos ocurrió probar la comida del batxoki, situado a cincuenta pasos del lugar donde nos encontrábamos. Los batxokis, por si alguien no lo sabe, son las sedes políticas y sociales del Partido Nacionalista Vasco. Sus principales notas distintivas son la ikurriña que suele ondear en las fachadas y su calidad gastronómica. Ambos detalles se cumplieron al pie de la letra. Yo estoy muy lejos de compartir las ideas nacionalistas, pero no desprecio a las personas por sus pensamientos aunque los considere equivocados. Si los demás hicieran lo mismo con mis errores, probablemente ni podría salir de casa. De hecho tengo un par de amigos de toda la vida fervientemente nacionalistas. No viene a cuento para la conclusión de la anécdota, pero diré que comí ensalada de huevos duros, merluza en salsa verde y cuajada. Mi mujer prefirió de segundo aguja de ternera guisada. Acompañamos la comida con un tinto de crianza muy aceptable. El trato fue amabilísimo y la relación calidad-­precio resultó excelente. No me extrañó que el restaurante se llenara. Entre la clientela había jóvenes y maduros, matrimonios con hijos y bancarios encorbatados.

Y ahora viene la sustancia. Desde que entramos al batxoki a preguntar si había mesa libre hasta que nos despedimos con un café y agradeciendo el trato, no oímos una sola palabra en euskera. Ni de los empleados ni de los comensales que nos rodeaban. Todos hablaban en castellano. No suelo jurar, pero en este caso lo haría con gusto si supiera que iba a servir para convencer a los enteradillos que dicen que en el País Vasco siempre se dirigen al visitante en euskera. En Bilbao, repito, ni por asomo.