Sábado, 28 de noviembre de 2020

¡Ah, el hombre sencillo y bueno!

El hombre sencillo ilustr.Sorprende la imperecedera apelación al hombre primitivo como fórmula para la redención de los males de nuestro tiempo, males que muchos asocian con sorprendente desparpajo al capitalismo y la tecnología. Es incuestionable que toda evolución conlleva ventajas y desventajas, y lo que aflige al hombre contemporáneo no es el desarrollo en sí mismo sino la forma desequilibrada en que se produce, tanto en el ritmo de los cambios como en sus consecuencias. Ahora bien, la primera causa de la desigualdad entre individuos y pueblos se debe al propio desequilibrio de la Naturaleza, que, como me dijo Félix Rodríguez de la Fuente, no es ni democrática ni piadosa. La fertilidad o esterilidad de un territorio, la abundancia o escasez de recursos, la benignidad o malignidad del clima vienen dadas en origen por causas telúricas ajenas a nuestra voluntad. Y lo que sí depende del hombre –la convivencia y la gestión de la miseria o el desarrollo– padecen la desigualdad consustancial a la naturaleza humana. Ha ocurrido desde que pisamos este planeta y se daba más en tiempos pretéritos, no ya en la Prehistoria sino hace apenas un siglo, cuando en buena parte del mundo imperaban la ley de la selva y el sálvese quien pueda. “Al igual que muchas especies, el Homo sapiens ha dejado tras de sí un rastro horrible. La historia registrada desde la Biblia hasta la época actual es un relato de asesinatos, violaciones y guerras, y la etnografía honesta muestra que las bandas de nómadas cazadores y recolectores, por lo demás igual que el resto de sus congéneres pasados y presentes, eran más salvajes que nobles”. Es una afirmación de una de las personas que mejor conoce la mente humana, Steven Pinker, autor de Cómo funciona el cerebro.

Los antropólogos que hablan de pueblos primitivos que conviven en paz e intercambio recíproco deben reconocer que aquellos rara vez superan las pruebas que se derivan de la rivalidad vecinal y del deseo de estatus en su variada gama de influencia, prestigio o reconocimiento por parte del prójimo.

Rousseau debería haber sido apeado de su pedestal filosófico y llevado hasta la selva agarrado de una oreja para que experimentase en persona su teoría del buen salvaje. Porque no pudo equivocarse más con la brillante ocurrencia de que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo pervierte. Dicho sea de paso, al afamado pensador suizo se le puede aplicar el “dime de qué presumes”, puesto que, según admite en sus Confesiones, se comportó habitualmente como un ser antisocial. Abandonó a sus hijos ­–todos los que tuvo con su humilde compañera y antigua criada Teresa Levasseur terminaron en el hospicio–, y fue exhibicionista sexual, acechando a mujeres y jovencitas para mostrarles los genitales.