Mi amigo Claude y sus santos

Es muy gratificante saber que mi amigo Claude ha superado recientemente su 82º aniversario y mantiene su bon esprit a pesar de que sus achaques le obligan a estar en un hospital. Nos lo hace ver en un escrito enviado a cuantos amigos y parientes le han recordado en esa fecha. En él, unas reflexiones sobre la vejez y la muerte me han recordado a Montaigne, que fue alcalde de Burdeos (Claude vive en Talence, muy cerca de allí).

Es una actitud estoica: no vale la pena preocuparse por las cosas que no tienen remedio. Mientras vives, mal o bien, vas alentando; la muerte es un momento y luego dejas de sufrir y de penar. Descansas. (Es más, puede concebirse la muerte como un descanso placentero o un sabbath eterno. De ahí que Javéh exclame a los que le son infieles: “Por eso juré con ira: ¡No entrarán en mi descanso!”). Lo malo es, como dice Claude también, que los achaques se acumulen hasta hacer de la vida un mal simulacro de la muerte. “C’est merveilleux la vieillesse, dommage que ça finisse si mal” (F. Mauriac). Pero ahora tenemos la opción de la eutanasia, que, por cierto, en España se ha aprobado con demasiadas trabas legales.

También me parecieron muy interesantes sus recuerdos sobre los usos y costumbres de la antigua Francia rural, algunos coincidentes con los de España. Por ejemplo, la conmemoración del “santo”, no del día de nacimiento. Sin embargo, Claude, republicano ilustrado, no quiere saber qué día sea “la Saint Claude”. Y yo, picado por la curiosidad, he ido a mis libros sagrados para averiguarlo y contárselo. Así veo que San Claudio tiene su fiesta el 8 de noviembre, junto con un grupo de mártires. Como otros tres de sus compañeros, era escultor y se negó a hacer la estatua de un ídolo para el emperador Diocleciano, quien mandó que les echaran al mar dentro de un tonel de plomo. Hay otro San Claudio el 30 de octubre, también mártir, pero con compañeros distintos al anterior, del que no tengo más referencias. Y hay un San Claude de la Colombière, jesuita. (Los hijos de San Ignacio dan mucho de sí).

Como Claude también puede ser nombre femenino he mirado y no he visto a esa santa, aunque sí a una Claudie, madre de Santa Eugenia. Esta tiene una historia bastante edificante, que merece recordatorio: siendo hija del prefecto romano de Alejandría, quiso ser cristiana y entrar en un monasterio cercano, pero para ello debió adoptar atuendo y nombre masculinos. Otra versión dice que huyó de casa vestida de hombre para evitar un matrimonio indeseado. Pero el abad no se dejó engañar, diciéndole: “Haces bien en decir que eres hombre, pues, aunque seas mujer, te comportas como un hombre”. Sería en lo sucesivo el “hermano Eugenio”. Y tanto era así, el comportamiento, que en una ocasión sanó a una mujer rica, aquejada de fiebres cuartanas, con friegas corporales de aceite en el nombre de Jesucristo. “La mujer –prosigue la Leyenda dorada de Vorágine– impresionada por la elegancia y la belleza del que creía ser el padre Eugenio, quedó presa de un violento amor hacia él”. Entonces le pidió con vehemencia que la tomara, e incluso le abrazó y le cubrió de besos. Pero Eugenia la rechazó y le dijo que parecía “digna hija del príncipe de las tinieblas”, no sin un poco de mala uva, pues la otra se llamaba Melancia o Melania (“Negra”, en griego). Esta, despechada, la acusó de intento de violación y llevó la denuncia ante el prefecto (que, recordemos, era el padre de Eugenia) con falsos testigos. Eugenia negó los cargos, pero, cuando iba a ser echada a los leones, “rasgó su túnica de arriba abajo, hasta la cintura, y se vio que era una mujer”. “Soy tu hija Eugenia –le dijo al prefecto– Claudia es mi madre, mis hermanos tal y tal…”. Y al final todos ellos cayeron de rodillas y se convirtieron a la verdadera fe. Así que Claudia no llegó a la santidad, pero se acercó mucho a ella por su santa hija.

Algo debió de torcerse después, ya que un prefecto posterior ordenó su decapitación  un 25 de diciembre (o 24, según la iglesia ortodoxa).

(Imagen: Santa Eugenia. Wikipedia.org)