Pero entonces, ¿qué celebramos en Navidad? 

La Navidad tiene su origen en una palabra en latín (Nativitas), esa vieja lengua que hablaban los habitantes del Imperio romano, y que significa “nacimiento”, que en este caso se refiere al de Jesús, hijo de María y de José, y para los cristianos, el mismo Dios encarnado en ser humano, en la segunda persona de la Trinidad, en el Hijo, en carne (de ahí, la “encarnación”). Según diferentes tradiciones, la fiesta comenzó a celebrarse sobre el siglo III-IV. Las primeras tradiciones de la celebración de la Navidad son en torno al año 200 de nuestra, apareciendo en Alejandría. Ciertamente, pese a los esfuerzos de muchos expertos en calcular la fecha exacta del nacimiento de Jesús, no la sabemos, porque no hay ninguna referencia histórica ni en el antiguo ni en el nuevo Testamento. Pero el 25 de diciembre siempre había sido significativa en la antigüedad por la celebración de festivales conmemorativos del solsticio (momento en el que el Sol alcanzaba la máxima latitud norte) del invierno en el hemisferio norte, que se daba desde el 21 de Diciembre.

La celebración cristiana de la Navidad comienza con la víspera del 25 de Diciembre y terminaría con la fiesta del Bautismo del Señor, que es el domingo siguiente a la Epifanía (6 de Enero).

Pero, ¿qué nos queda del sentido y origen de esa celebración? ¿Qué celebramos en Navidad?

La conciencia colectiva y social de nuestras sociedades sigue teniendo la Navidad como fiesta señalada, señaladísima, en la agenda. Es un tiempo de vacaciones, de fiesta y de salir de la rutina, cosas que el ser humano tanto desea y necesita. Pero nuestra civilización va olvidando poco a poco el sentido de esta fiesta.

Días de regalos, de agasajos, de invitaciones que hacer y aceptar, días de exceso (incluso nos planteamos planes para adelgazar y seguir en forma después de las Navidades). Pero, ¿por qué? No preguntemos el por qué, porque en la mayoría de los casos no habrá una respuesta concreta, ni siquiera aproximada. Muchos dirán que son días de fiesta porque no hay colegio. Otros que siempre ha sido así y es una tradición. Al final, los paquetes magníficamente envueltos, las bolas brillantes y de colores de los árboles y las mesas bien puestas y servidas nos pueden hacer olvidar y ahogar el significado de esta celebración.

Tan sólo trato de profundizar en la razón que nos lleva a celebrar algo sin saber su sentido originario. Y una puede creer o no en que Jesús es Dios hecho carne y huesos, hecho uno de nosotros. Pero la Navidad, con sus siete letras es eso. Y si sabemos lo que celebramos, lo haremos con más alegría, más intensidad y más consciencia. No hay nada peor que ser borrego en medio del rebaño desnortado, fácil de engañar y de manipular. ¿Por qué tenemos que gastar tanto dinero en estas fechas? ¿Por qué tenemos que hacer cosas que no haríamos en otros momentos del año? ¿Quién decide por nosotros cómo celebrar esos días?

No seamos ingenuos: las fiestas de Navidad en estos momentos son un reclamo comercial de primerísima categoría para fomentar un mayor consumo, desmesurado e irresponsable, en el que unos se llenan los bolsillos a costa de nosotros, los buenos ciudadanos que hacemos cosas sin cuestionarlas. Nos falta autocrítica y nos sobra bobería. Somos fáciles de domar. Y al final, creo yo, andamos de aquí para allá, agitados, desnortados, pero felices cumpliendo con lo de siempre, como autómatas llenos de miedo por salirnos del camino, no sea que me señalen o me etiqueten de mal ciudadano.

Me gustan las fiestas. Me gusta celebrar todo lo que puedo, pero saber su sentido y su origen. Si hiciéramos una encuesta los días que vienen, nos sorprendería que mucha gente no sabe en realidad lo que celebra. Los ayuntamientos ya se encargan de ir adelantando cada año las luces navideñas, incluso en incrementar el presupuesto en iluminación. Eso da votos. Es el pan y el circo para tener a la peña tranquila y abobada mirando las lucecitas de las calles y las plazas mayores (y menores). Ya tenemos turrones y demás gastronomía en los supermercados desde hace tiempo. Ofertas de regalos, promociones. Gaste y compre. Consuma. Todo lo que pueda. Realmente, ¿somos libres para decidir?

No seré yo quien diga o emita juicio sobre lo que cada uno quiere y puede gastar y cómo cada uno quiere o puede celebrar la Navidad. Pero que seamos conscientes de lo que vivimos, y también de lo que no vivimos.

Es una alegría saber que Dios quiere tanto a la humanidad que se hace uno de nosotros. Es decir, ama tanto nuestra fragilidad, que Él mismo quiere pasar por ella. ¡Y eso es para celebrarlo! Y para brindar, y para tomar un trozo de turrón del duro, del blando o del de chocolate. Y con gente alrededor. Pero también necesito tiempo para el silencio y la contemplación, para dar gracias, para sanar las heridas de mi propia historia o al menos para ponerlas a los pies del pesebre de Jesús. Tiempo para buscar y descubrir las huellas de Dios en medio de nosotros. Tiempo para la Esperanza, porque no hay nada perdido, porque todo es posible, porque Dios renueva su alianza con nosotros. Sin excluir a nadie. Miremos también al mundo, a tantos lugares en los que falta justicia, respeto, dignidad, alimentos, esperanza…. A tantas personas que se sienten solas, sin alegría, sin los recursos mínimos básicos… Quizá no hay que mirar muy lejos.

Despertemos, abramos los ojos, el corazón, las manos… seamos conscientes de las cadenitas que tenemos y echemos un vistazo a la importante, a lo profundo. Y por supuesto, ¡celebremos la Navidad!