Individuos

“Si dos individuos estan siempre de acuerdo en todo, puedo asegurar que uno de los dos piensa por ambos” (Sigmund Freud)

Después del  atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, el militarismo occidental pretendió convalidar su vigencia para la justificación de una nueva guerra contra los bárbaros, hasta que descubrimos, finalmente, que los supuestos civilizados tienen los mismos ídolos: la violencia sacralizada, a una escala mucho mayor, si cabe. La crisis económica que nos aplasta es el crudo efecto de esa abismal ceguera contra los propios fundamentos de la democracia y de la libertad.

 Ante la expectativa de un cambio de paradigma, los tristes héroes han querido devorar todo lo que quedaba. Y se han nutrido de los bienes que han considerado imprescindibles para otro ciclo de crecimiento, contra la racionalidad que exige un cambio de modelos.

El uso de las nuevas tecnologías de información y comunicación no ha dado lugar a una “multiplicación del hombre”, como se predicaba por los más sesudos futuristas, sino a una repetición de la identidad deshumanizada, si se quiere, en dimensiones descomunales. Mil millones de personas hambrientas. Millones de mujeres víctimas de la violencia contra sus capacidades, incluida la maternidad, la que sólo es protegida dentro del orden patriarcal.

En todo caso, ahora se hacen más visibles los efectos de esas figuras obscenas: el poder/dominación, la acumulación desenfrenada de capital, el patriarcado y la violencia, en la textura delicada de la vida. Además de cargar sobre sus espaldas los homicidios que no se explican por irracionalidad, sino por una lógica humana desde el principio, han amenazado el horizonte de la vida en el planeta y reducido progresivamente su diversidad. Son imágenes de una misma fotografía  mortal.

Las identidades del  Trabajador, el Soldado y el Sumiso han sido tan funcionales para los subsistemas económico y político, abandonados a sí mismos, que no necesitan un soporte humano. En correcta medida, están destruyendo ese cuerpo que los soportaba. Podrían ser desempeñadas con mayor eficacia por máquinas cibernéticas, como nos han puesto sobre aviso las mejores obras de ciencia-ficción. El Blade Runner, un perseguidor de copias defectuosas sobre aquellos cuatro paradigmas (los clones “replicantes”: Sumisos demasiado imaginativos que desean convertirse en Jefes), es un humano pesaroso que guarda memoria de las víctimas y que se bloquea si las deja hablar. Intuitivamente, al menos, podemos lanzar esta hipótesis alternativa: si las víctimas pudieran contar su historia antes de ser aniquiladas, quizás el organismo humano vivo tuviera la oportunidad de reaccionar. Esa situación dramática, aunque sea agriamente humorística, nos permite deshacer el hechizo, para que superemos la antinomia o la simple contradicción que nos enajena.

Cuando hablamos, con un valor transcultural, de ser humano y de persona, en cuanto somos capaces de relación profunda, estamos evocando dos tipos fuertes de la identidad, con un sentido casi sustancial. Son los puntos más alejados de una escala que categoriza lo sagrado en la imagen del ser  humano. En un extremo, el individuo es sagrado porque cumple una función en el sistema y de tal modo llega a ser absorbido por una apariencia de eternidad sin historia. Héroes son los que absorben el interés público a causa de ir acaparando poder, dinero, violencia… En el otro extremo, la persona debe contar una historia de vida como una exigencia última, para que se haga real su ser humano, bajo el dominio de un sistema o en una situación liberada de cualquier dominio, en este mundo o en cualquier mundo posible. Su vida es sagrada para todos, querámoslo o no, porque su memoria es eterna.

En el medio, ni justo ni injusto, de esos dos polos, entre la realidad original y la ideología, hay un terreno difuso para la indiferencia, la incomprensión y la insensibilidad, que se resiste a adoptar la forma sistémica: un individuo a quien su identidad y la de todos los demás le resulta indiferente. Quizá sea la figura  de la identidad sistémica su sinsentido, sin sentir,  sin pasar por esa fase  humana a la que habíamos dedicado muy escasa atención: la escucha.

 

                Fermín González salamancartvaldia.es             blog taurinerías