El silencio

En estas casas de paredes como hojas de papel se oye todo y mi dormitorio queda al otro lado del salón de mi vecino. De ahí que no me hiciera falta saber que había ganado España ni preguntarle por sus simpatías políticas. Cuando vivimos solos tenemos la mala costumbre de hablarles a los aparatos que nos acompañan. A mi vecino, exquisito en esa coreografía de saludos, intercambios de paquetes que siempre le dejaban a él cuando yo no estaba en casa, charlas sobre el tiempo mientras sujetamos la puerta de entrada haciendo equilibrios con las bolsas de la compra… nunca le confesé que oía sus furibundas y ocasionales diatribas contra el gobierno ni sus alegrías futboleras. Es la cortesía de la buena vecindad.

          -Si le molestamos, por favor, me lo dice, que yo me levanto muy pronto y pongo la radio.

          -Ay hija, pues ponla, no te preocupes, y la niña no mete un ruido, no sufras por mí.

Mi hija no metería un ruido, pero mi sobrino casi tira la pared a balonazos cuando estuvo un verano conmigo. Sin embargo a mi vecino parecía gustarle el rumor de la vida, el sordo murmullo de los días y no le importaba oír el mantra que se repite a voces en mi casa desde que dejé de hacer trenzas y coletitas a la niña bonita ¡Cepíllate el pelo! Ni la lavadora vieja, que centrifugaba con el estruendo de un carro de combate ruso, alteraba nuestra vecindad de paredes como hojas de papel y a mí acabó divirtiéndome, antes de irme a dormir, escuchar sus contundentes opiniones si le daba por ver un debate político…

          -Si necesita algo, ya sabe dónde estoy.

Mi vecino nunca necesitó nada. Y menos para morirse. El otro vecino le dijo que le veía pachucho y que si llamaba a alguien. Sin embargo, mi vecino era de los que se apañaban bien para todo y eligió negarse educadamente hasta que un día de ausencia entre las gentes de mi barrio que se toman los vinos en el bar de arriba con puntualidad británica, despertó las alarmas y acabó a la mi puerta que diría la abuela. Fue tan considerado mi vecino que se murió solito y sin dar guerra a nadie, e imagino que lo último que oiría antes de desplomarse en la misericordiosa rapidez de un infarto, serían las señales horarias de Radio Nacional, a mi hija llamando a la gata o el mantra sempiterno que se oye en mi casa desde que dejé de hacer trenzas y coletitas ¡Cepíllate el pelo!

Salgo al rellano y miro su puerta con infinita tristeza. Salgo a la calle y cuento sus ventanas de persianas cerradísimas cuando nunca los estuvieron. Extraño su inalterable cortesía, su generosa vecindad, su forma de hablarme del tiempo mientras me dejaba pasar, su intimidad pegada a la mía, su sonrisa de hombre bueno y su contumaz soledad elegida. Mi madre decía que antes de navidad caían los hombres como las hojas y yo siento mi jardín desarbolado, ahí en el barrio donde todos se conocen y extrañan los pasos que ya no se oyen. En el silencio de estas paredes como hojas de papel, aún oigo su voz en la quietud de una noche de soledades.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.