Volviendo al ser humano

Estamos viviendo tiempos duros, difíciles y de incertidumbre, para la mayor parte de nuestra sociedad. Los esfuerzos por construir una sociedad más justa, fraterna y solidaria han de confiarse a la esperanza, para no caer en la desilusión y abandonar el intento. Para superar cualquier tentación al desaliento y salir renovados, es imprescindible alimentar la espiritualidad que cada uno de los seres humanos llevamos dentro. Estamos en una de las décadas más crítica de la historia, porque hay una emergencia en el medioambiente, de la que depende el destino del ser humano.

Volver al ser humano es acercarse a su espiritualidad, como componente fundamental de la naturaleza humana. La visión tripartita tradicional de la naturaleza humana, o la tricotomía de las personas, hace referencia a la distinción del alma y el espíritu en los humanos que, junto con el cuerpo, forman ese conjunto de tres partes. Por otro lado, está la visión bipartita de la naturaleza humana, o la dicotomía de las personas, visión en la que no hay diferencia entre el alma y el espíritu.

No vamos a entrar aquí en el análisis de ninguna de las dos visiones citadas, ni tampoco en aspectos o interpretaciones de una u otra teología o religión, respecto de la espiritualidad. No es lo mismo espiritualidad que religiosidad, aunque haya personas que las vean o sientan estrechamente relacionadas. Pero hay personas intensamente espirituales que no profesan ninguna religión. Cada uno tendrá sus percepciones de la espiritualidad en función de sus creencias y de su fe. Procuraremos centrarnos en la espiritualidad del ser humano desde el punto de vista filosófico, psicológico y de la naturaleza humana.

Contemplamos el espíritu humano como inmaterial, un carácter íntimo, una esencia o sustancia de algo. Un principio generador de voluntad, ánimo, valor, fuerza, vivacidad, ingenio. Virtud y vigor natural que alienta y fortalece el cuerpo, invitándole a obrar. Consecuentemente, la espiritualidad bien podría ser el conjunto de ideas referentes a la vida espiritual de naturaleza humana.

 

Desde el punto de vista filosófico, la idea de espiritualidad se entiende a partir de la oposición y diferenciación entre materia y espíritu. La espiritualidad puede asociarse a una búsqueda del sentido de la vida que trasciende lo mundano, aunque conectada con la realidad. Es la vida interior, no es mente ni cuerpo, sino espíritu. Es un proceso dinámico y constante que le da sentido a nuestras vidas y por el cual encontramos trascendencia a nuestro ser interior.

La espiritualidad o interioridad del ser humano desarrolla nuestro sentido de identidad, conocimiento y comprensión de uno mismo. Quienes cultivan su espiritualidad pueden comprender más fácilmente cuál es el sentido y propósito de su vida, pudiendo así elaborar un proyecto de vida, de realización personal, que les ayude a ser más felices. “Haz que tu negocio sea conocerte a ti mismo, que es la lección más difícil del mundo” decía Miguel de Cervantes.

No es fácil describir la idea de espiritualidad en unas cuantas líneas y mucho menos abarcar todas las sensibilidades que hay al respecto. Pero hay un cierto consenso en definirla como la capacidad que tenemos los humanos para comprender lo que somos y qué hacemos en el mundo. Parece no haber dudas de que la dimensión espiritual es algo genuinamente humano.

La vida espiritual nos diferencia de otros seres vivos del mundo biológico y también, nos crea necesidades espirituales relacionadas con nuestra existencia y con nosotros mismos, por medio de reflexiones tales como el ¿Por qué vivimos y morimos?, ¿cuál es mi misión de vida?, ¿qué hacemos o debemos hacer con nuestras vidas?, ¿tenemos un comportamiento correcto para con nuestros semejantes?, ¿cómo seremos recordados? El tratadista P. Speck describe la espiritualidad en tres dimensiones: la capacidad de trascender lo material, la dimensión que tiene que ver con los fines y valores, y el significado existencial que cualquier ser humano busca.

La espiritualidad tiene una parte de propósito y de búsqueda personal, centrarnos en lo que realmente somos y queremos ser, en nuestro crecimiento personal, en ser mejores para nosotros mismos y para con los demás. Eso genera bienestar y satisfacción humana, favoreciendo la paz interior, la felicidad. 

Cultivar la espiritualidad nos ayuda a contextualizar nuestro pensamiento y comportamiento, transitando nuestra vida con una visión más amplia, añadiendo así valor a nuestra existencia. Nos ayuda a encontrar el sentido de la verdad, de la ética, del bien y de la belleza; a superar el individualismo, observando nuestro entorno y practicar la solidaridad; actuar conforme a nuestros valores; contemplar y comprender el mundo; encontrar la esencia de las cosas que valen la pena. No en vano, la espiritualidad se extiende por los ámbitos filosóficos, psicológicos, sociológicos, religiosos y hasta de la física cuántica, ayudándonos a entender el significado de la vida, de la condición y del comportamiento humano.

Es preciso que reflexionemos y volvamos al ser humano. Hacer un viaje serio hacia nuestro interior, aunque descubramos cosas de nosotros mismos que no nos gusten. La tecnología nos está obligando a hacer esa introspección, esa búsqueda espiritual. Si no la hacemos de manera precisa y sin dilación, pagaremos un alto precio. Porque hay una especie de asalto a la humanidad en general, a las instituciones y al ciudadano en particular, por parte de las grandes corporaciones y de los gobiernos corruptos o dictatoriales instalados en el poder que, a través el Big Data, nos conocen mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos y nos manejan. 

Estoy con el pensador alemán Markus Gabriel en la creencia de que hace falta una revolución espiritual que dé paso a una sociedad más ética, más humana. Necesitamos una revisión del conocimiento científico, para poner en el centro al ser humano en cuanto que animal espiritual con un Nuevo Humanismo Tecnocientífico.

Escuchemos el Himno A La Alegría

                                                                                                          Aguadero@acta.es