Huellas de la intrahistoria

Mi amigo, el poeta y dominico Quintín García, hombre valioso, al tiempo que discreto y humilde, que compagina su reflexión, su creación poética y sus andanzas (de todo ello, tiene hermosos libros y textos), con su labor pastoral en el área salmantina de la comarca de Las Villas, muy cercanas al Tormes, me dejó un día en mi pueblo un libro entrañable: ‘Moríñigo memorias compartidas’, con una entrañable y amistosa dedicatoria.

En ‘Moríñigo memorias compartidas’, advertí enseguida la mano y la sensibilidad de Quintín, pese a que no aparezca más que en un texto introductorio, que firma, en el que nos indica la finalidad del libro. Es un libro financiado por el ayuntamiento del propio Moríñigo, una de las localidades de tales villas salmantinas, y por alguna empresa del pueblo y de la zona.

Y esa mano de Quintín diría que, en este libro, nos ha llevado a lo que podríamos llamar una pastoral de la memoria. Para ello, ha descendido hasta el mundo de sus parroquianos y parroquianas y les ha hecho hablar, expresarse, expresar sus ‘vividuras’ (como diría Américo Castro), expresar, en definitiva, esa intrahistoria unamuniana de la que está hecho el ser humano.

Es un libro de voces. Son no pocos y pocas los vecinos que hablan, que se expresan, que nos cuentan sus vivencias a través del sustrato de la memoria. Es la pequeña historia, es la historia de la vida cotidiana. Es la memoria de los oficios, de las gentes que los ejercieron, es la memoria de esos antepasados próximos a los que se ha conocido. Es también la memoria de los animales. Pero asimismo la memoria de los objetos, de los aperos.

No faltan las anécdotas, las vivencias, los miedos infantiles. Tiene una gran importancia –algo que percibimos a medida que las voces se van expresando– el mundo de laboral, el mundo de los trabajos, pero también el mundo de las celebraciones. La escuela, la arquitectura local, la iglesia y sus imágenes… también se hallan presentes.

Es una memoria comunitaria que participa de lo vivencial, de lo antropológico, de lo etnográfico. Y percibimos siempre el latido humano, la huella humana, ese temblor de un mundo campesino que hemos conocido muy vivo, pero que –por una serie de circunstancias históricas y económicas muy complejas– está agonizando. Un mundo que agoniza, como diría Miguel Delibes.

Pero ese mundo, aquí, en este libro, en ‘Moríñigo memorias compartidas’, está salvado, porque está documentado del modo más hermoso y democrático: haciendo que intervengan, que hablen, que se expresen las gentes campesinas.

Memorias compartidas, sí. Pastoral de la memoria. La iglesia tiene una importante función en el mundo rural, es una fuerza de cohesión y de sostenimiento de ese mundo (pero que, por favor, no eliminen diócesis con una dilatada trayectoria histórica de un plumazo). Y aquí, en ‘Moríñigo memorias compartidas’, está un estupendo resultado, el mejor ejemplo, que nos llega de la mano del poeta y del dominico Quintín García.

La memoria salvada. La pequeña historia de los seres anónimos, la intrahistoria unamuniana. Los historiadores franceses de la llamada escuela de los Anales también fueron por ese camino, con grandes resultados en sus obras. Este libro, ‘Moríñigo memorias compartidas’, también está en ese camino. Se expresan las voces campesinas, las voces de la memoria, para salvar una cultura agraria, una cultura del mundo rural, a la que todos debiéramos prestar mucha mayor atención.