Rosa de otro jardín

Rosa misionera trasplantada al más hermoso jardín

Pensaba escribir sobre el acontecimiento eclesial más reciente, el nombramiento de un nuevo obispo común para Ciudad Rodrigo y Salamanca. Pero de la trascendencia institucional para estas dos diócesis, ya ha escrito Antonio Matilla en SALAMANCA AL DÍA, y de la valoración positiva de la persona de nuestro nuevo obispo también lo ha hecho Olegario González de Cardedal.

Esto me ha movido a escribir más bien sobre una persona prácticamente desconocida que creo merece la pena dar a conocer y resaltar sus virtudes puestas en práctica casi casi en la sombra. Se trata de Rosa González Corvillo, que acaba de fallecer recientemente, tanto a causa de la larga edad, como por un cáncer larvado y sufrido largamente, que al final ha venido a acabar con su vida con cierta rapidez en un hospital de Madrid.

Rosa fue una mujer nacida en Extremadura y formada muy cristianamente por parte de su madre, sobre todo. Con el tiempo conoció a las religiosas de la Doctrina Cristiana, encontró en ellas su vocación y se comprometió con esta institución religiosa.

Después vendría destinada con un grupo de hermanas a Salamanca. Aquí comprendió que había terminado su compromiso con la vida religiosa, aunque continuó viviendo con las hermanas y acompañándolas en su oración, en sus búsquedas y clarificaciones posconciliares, y ayudándolas en su esfuerzo de actualización.

De hecho siguió viviendo en la casa de las religiosas, que cuidó después permanentemente, también cuando ellas tuvieron que abandonar Salamanca por falta de vocaciones que pudieran asegurar la continuidad.

Rosa continuó comprometiéndose con las actividades de la diócesis de Salamanca. Así, en algún momento se ofreció a servir al seminario y los seminaristas salmantinos, estando varios años a disposición de los superiores de dicho seminario, para todo lo que ellos creyeran conveniente. Muchos seminaristas la recuerdan con agradecimiento y cariño.

Cuando cambió la situación del seminario, buscó otra tarea de servicio diocesano. Así es como comenzó ilusionadamente su servicio en la delegación diocesana de misiones. Yo mismo le abrí la puerta, y su largo servicio a las misiones fue muy agradable y provechoso para ella y para la institución. En la delegación de misiones estuvo haciéndose presente y ofreciendo su colaboración hasta los días del agravamiento de su enfermedad, que la llevó definitivamente al desenlace final de su vida.

Es pues, hoy, un momento de gran agradecimiento por toda su larga e inapreciable colaboración. Muchos misioneros y colaboradores de las misiones la recuerdan con gran afecto, ya que se beneficiaron largamente de sus atenciones personales en la delegación de misiones. Éste fue su trabajo principal, la de la atención amabilísima y afectiva a todas las personas, y especialmente a los misioneros.

También atendía a los que llevaban algún donativo o iban a buscar elementos de propaganda para las jornadas o las actividades misioneras. E igualmente atendía con gran cariño y cercanía a los que hacían alguna llamada telefónica.

Pero su trabajo inestimable abarcaba hasta la limpieza de la casa, así como la preparación de los sobres y paquetes de propaganda misionera. Y hacía la gran tarea de mantener a punto los ficheros de personas y las direcciones para las cartas y revistas de comunicación misionera.

La casa donde ella vivía se encuentra en la parroquia de Cristo Rey, y en ella colaboró eficazmente largos años de los últimos que pasó en Salamanca.

Pero no podemos olvidar tampoco la hermosa tarea y la valiosa cooperación con su familia. Su hermana vivía en Madrid, y ella ayudó y educó como madre a sus sobrinos, que residían en su casa mientras realizaban aquí sus inestimables estudios.

Por eso, los últimos días de su enfermedad y de su estancia en el hospital estuvo a cargo de sus sobrinos, que la asistieron con gran cariño hasta su muerte.

Merece la pena resaltar aquí el gran valor de una seglar comprometida en valiosos servicios eclesiales que realizó discreta y silenciosamente durante largos años de su vida cristiana y misionera en Salamanca.

Rosa dejó ya nuestro jardín precioso en esta tierra, y ha sido trasplantada en el más  hermoso jardín, que con su maravillosa entrega ya se había ganado, y estará gozando de las atenciones del gran jardinero. Le pedimos que nos vaya preparando un hueco en el feliz jardín de la gloria. Rosa, seguimos contando contigo.