Ardor guerrero

“Vencida de la edad sentí mi espada, / y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte”. FRANCISCO DE QUEVEDO, ´’Miré los muros de la patria mía’, 1613.

Nuestra tan mentada, alabada y recurrente Unión Europea, la que se muestra crisol de nuestros comunes afanes y juez y solucionadora de nuestras cuitas, la que se muestra maternal en nuestras escaseces y, dice, es garantía de nuestro bienestar y tranquilidad, en su imparable viaje hacia el glotón desprecio y ejerciendo su indisimulable altivez de niño rico (nunca otra cosa fue), decide gastar la parte del león de su presupuesto y comprometer su futuro en organizar un ejército propio (de intervención rápida, dice candorosamente), para defender, sigue diciendo, los valores pacifistas, antibelicistas, democráticos, igualitarios y humanitarios que, ya aburre diciendo, constituyen su naturaleza, su esencia y su identidad.

Con el inmovilismo geoestratégico y violento característico del ejercicio del poder y de las relaciones internacionales en el siglo XIX, heredado de la mentalidad colonialista, acaparadora e imperial de muchos siglos más atrás, los dirigentes actuales de la Comunidad Europea (en realidad, los dirigentes de la amalgama –parece que no tan heterogénea- que la constituyen), deciden como principal propuesta política crear un ejército.

Ante los graves problemas de emigración, desigualdad y multiculturalidad, y frente a los grandes retos humanitarios y de convivencia a que se enfrenta la sociedad europea del siglo XXI, la UE reedita el cañón, la gorra de plato y los entorchados militares, repitiendo los manotazos de oso ciego y la innombrable estupidez que ha significado siempre y significa hoy contribuir a la pervivencia de las políticas belicistas de bloques, a las carreras armamentistas y a las amenazas que causan la destrucción, el sufrimiento y la miseria de las personas, los lugares y el pensamiento.

No es en absoluto casual que el anuncio de la creación de este ejército europeo, que conlleva un desmesurado gasto de creación, permanencia y mantenimiento, coincida con el supuestamente generoso riego de dinero que las mismas autoridades de la UE hacen sobre las economías de sus países. No es tampoco nada casual que al tiempo que se intenta poner parches a las maltrechas economías post-pandémicas, se cuele de rondón la gran industria armamentista, la gran banca inversora de las empresas multinacionales dedicadas a la guerra y toda una red de intereses asociados, para colocar permanentemente en el funcionamiento institucional europeo el enorme gasto, amenaza, inmoralidad y absurdo que significa, en este tiempo, la creación de otro ejército.

La Unión Europea pertenece a la organización militar OTAN, a la que cada país contribuye con magras cantidades económicas y el aporte de tropas, material y asistencias de todo tipo. Además, cada uno de los países que forman la UE dispone de su propio ejército nacional que, además de formar parte de diversas e interminables misiones internacionales costosísimas para los presupuestos de cada país, significan un peligro constante, a veces fatalmente resuelto, para el personal militar.

Pero ni la OTAN, creada después de la Segunda Guerra Mundial como elemento “defensor” anticomunista contra el ya hace lustros inexistente Pacto de Varsovia; ni la mayoría de las misiones militares internacionales auspiciadas por la ONU, destinadas salvo alguna rara excepción al mantenimiento del statu quo industrial, militar y estratégico de los más poderosos; ni, en gran medida, la actividad y dinámica internas de los ejércitos nacionales, dedicados en su mayor parte a la continuada y recurrente espiral centrípeta de su propia conservación y mantenimiento, exhibición y entrenamiento interminables, han disuadido a las parece que cada vez más aguerridas autoridades europeas para añadir al irracional dislate armamentista este nuevo ejército que hará de la Unión Europea, en vez de un territorio amenazado, un foco de amenaza.

Crear un nuevo ejército en Europa (como en cualquier lugar) es renunciar a la memoria, a la enseñanza de la historia y, también, al escarmiento que nos debemos. Aumentar el militarismo es un mensaje erróneo a la ciudadanía, que percibe que la razón no está en su valor sino en quien pueda imponerlo por la fuerza. Seguir creyendo en la fuerza como argumento de la convivencia, es olvidar que los ejércitos son y han sido vehículo de las mayores barbaries de la historia y del surgimiento de dictadores, visionarios, genocidas y sociópatas de todo tipo. La necedad que es crear un nuevo ejército significa la renuncia a la buena vecindad, casi exánime con la actual y creciente amenaza de construcción de muros, instalación imparable de alambradas y reforzamiento policial de fronteras, pasos y aduanas; significa el desprecio de la palabra y de la diplomacia, desplazadas por los misiles y los cazas de combate; significa el descrédito del diálogo, sustituido por los carros de combate, los drones armados y las nuevas armas tecnológicas de destrucción; y significa, sobre todo, una inmensa, cruel, intolerable, insultante, estúpida, ultrajante y abominable patada a la inteligencia.