Un mar

Todas las mañanas veo lo último que queda del amanecer. Cruzo frente al mismo árbol cuyas hojas ya cubren el suelo. Piso las mismas baldosas y me encuentro con las mismas personas que, o bien van atareadas o bien van a fuego lento. Lo que cambia suele ser su rostro; unas veces iluminados por las pantallas del móvil, otras mirando al vacío que, irónicamente, no suele estar tan vacío.  Hay días que juraría haberme encontrado con las mismas urracas ancladas en el mismo banco. De eso se trata la rutina, de ver pasar la vida de los demás.

De rutinario solo quedan los viajes de ida y vuelta. Los días pasan como las personas de la calle: los lunes empiezan a fuego lento, los miércoles empiezan a tener problemas con su reloj de pulsera y cuando llegan los viernes las sensaciones son combinadas. Hay veces que los días van a su rollo, que se saltan la rutina como los niños juegan a la rayuela. El viernes quiere ser martes; el lunes, jueves. Pero al final, los lunes siguen siendo tan lunes como siempre. Porque nunca se puede arrancar de cuajo la rutina a los días de otoño.

Lo rutinario deja una huella en la cuenca de los ojos, también en el envés de las manos. La rutina llega a su mayor grado de inestabilidad en la época de exámenes y, aun así, lo rutinario sigue en los nervios antes de escribir las primeras líneas. Los exámenes son un poco como las olas del mar. Al principio llega una pequeña ola fría y espumosa a la orilla y, cuando te quieres dar cuenta, la playa se ha quedado sin agua.  Al dejar de sentir la playa en los pies, habrá que alzar la cabeza y ver que queda poco tiempo para salir corriendo antes de ser engullido por el tsunami. Cuando la marea vuelva su lugar, se verán unas pequeñas conchas pulidas engarzando la arena. La joya de la corona será la caracola que te recordará lo que puede hacer el mar otra vez.

La temporada de exámenes no es el mar, pero se le parece.