La frontera del frío

A la labradora que siempre fue mi madre le quedó el gusto por otear el tiempo, asomarse al balcón en cuanto se levanta a mirar si el aire viene de un lado o de otro empujando nubes que son lluvia, nieblas que se pegan a los tejados resbaladizos de hielo, calores que amodorran a las palomas que la miran desde los canalones. Es el ritual de la persiana que se levanta saludando al nuevo día, el visillo que se alza, correr esas cortinas que nos santiguan a la puerta de la casa, gesto de mi vecina cuando sale a la calle, cuidando de no resbalar en las escaleras que bajan del portal que se cierra con un chasquido.

-Mañanita de niebla, tarde de paseo.

El grajo que vuela bajo, la pega que da saltos en su frac de plumas, el gorrión que se aprovecha del mantel que se sacude en ese balcón de tenaces geranios. El invierno es luz que va apagándose a las seis y media de la tarde, mañana que resbala y hiela la punta de la nariz, mediodía de cielo tan terso que duele de puro azul. El invierno, decía mi compañero de filosofía, que se hacía kilómetros y kilómetros diarios para vivir en su Zamora de nieblas umbrías, es el tiempo de los ricos, y el verano, el de los pobres porque no se necesita más que agua y sombra.

A la sombra de los tiranos y los gaseoductos se muere la gente de miedo, de frío y de maltrato. La mía fue una infancia de pueblo, de sabañones, calefacción precaria, fuego en la chimenea, mantas que se amontonan. Le temo al frío y no quiero ver las imágenes de familias enteras bajo la húmeda protección de una manta mojada, de un bosque erizado de miedos y dientes afilados de hielo. Un mundo de alambradas, de perros entrenados para guardar con celo nuestro bienestar ganado por el mero hecho de nacer en uno u otro lado. Son las imágenes de la desesperación que yo no veo mientras un dictador se apoya en el oso ruso para seguir bebiendo a la salud de una Europa herida ¿Cómo vivir más allá de este dolor y calentar las manos con el consuelo solidario que nada soluciona? Cuando en este huracán de gasto inútil en el que nos embarcamos rumbo a la navidad, las familias del frío y del tráfico de gentes se amontonan en las erizadas fronteras de un invierno atroz. Y las imágenes nos devuelven a un desastre que nos hiela la mirada.

Al otro lado del cristal, mi madre vuelve a estudiar el curso de los vientos leyendo la meteorología en la inclinación del humo de las chimeneas, en la calidad de las nubes, en el vuelo de los pájaros. Es su manera de encarar el día y desear que lleguen a buen puerto todos los trayectos de sus hijos. Es la bendición del día.   

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.