Política exterior

La forma de conjugar los intereses nacionales con los de todos los miembros de la organización internacional se lleva a cabo con las medidas y decisiones que toma un Estado, y a eso lo llamamos política exterior.   Hablar de Estado, no quiere decir que el exclusivo organismo encargado de esas medidas deba ser el poder ejecutivo. En la actualidad, ese cometido descansa en todo el entramado social que forman los gobiernos de turno y todas aquellas instituciones, oficiales o privadas, que conforman tanto las políticas nacionales como las relaciones con el exterior.

Los avances de la humanidad han hecho de nuestra sociedad un conglomerado de naciones, cada vez más interrelacionadas, más dependientes unas de otras. Ningún país puede vivir totalmente aislado. La solución ha sido la creación de organismos internacionales que agrupan a países con intereses e ideales análogos. La situación geoestratégica de cada uno y su idiosincrasia hacen que esos organismos nazcan según la forma de llevarlo a la práctica.

En el caso particular de España, nuestro pasado ha decantado la política exterior, sin establecer prioridades y sin excluir el resto de territorios, en cuatro escenarios principales: Unión Europea, Iberoamérica, el Magreb y Estados Unidos.

Desde que nos incorporamos a la Unión Europea, ese ha sido el espacio natural en el que desarrollamos nuestra actividad política y económica, adquiriendo una serie de derechos y obligaciones en el ámbito de la democracia, la economía, la cooperación y el bienestar de los ciudadanos.

Por los estrechos lazos que nos unen al continente, nuestras relaciones con Iberoamérica son otro de los pilares de la política exterior. El idioma común es el vehículo que más ha influido en la profusión de intercambios. Por encima de leyendas negras y de regímenes más o menos revolucionarios que esclavizan a varias naciones, España sigue siendo la segunda patria para muchos de sus ciudadanos.

La situación geográfica, la presencia de dos ciudades netamente españolas y nuestra estancia en el antiguo Sahara Español han servido para hacer de nuestras relaciones con el norte de África una mezcla de acuerdos y enfrentamientos, a veces, demasiado sangrientos. Con los altibajos de situaciones puntuales, desde que estamos en democracia, los roces han sido menores, en parte, porque los dos reinos se necesitan. No obstante, las reivindicaciones sobre Ceuta y Malilla, el Antiguo Sahara, los conflictos pesqueros y la inmigración ilegal siguen estando sobre la mesa. En un claro intento de suavizar los roces, la Jefatura del Estado y la Presidencia del Gobierno han procurado dar a Marruecos un lugar preferente a la hora de realizar las primeras visitas de cortesía.

Por ser EE.UU. un país que se ha hecho presente en casi todo el mundo, y por su inmenso poderío económico, España no podía ser una excepción. El español es el segundo idioma más hablado y España mantiene casi un millar de empresas que, entre directos e indirectos, sostienen cerca de 400.000 puestos de trabajo. Los lazos de cooperación se han traducido, entre otros aspectos, en autorizar el uso conjunto de la Base Naval de Rota y las Aéreas de Zaragoza y Morón.  Por pertenecer a la OTAN, nuestras FAS están totalmente integradas desarrollando labores de vigilancia y cooperación en varios escenarios internacionales. La firma de acuerdos bilaterales supuso, en su día, buena parte de la modernización de nuestras FAS. Dentro de nuestras posibilidades -más bien escasas- nuestros ejércitos han ido dotándose de armamento y vehículos más modernos que nos permiten, con esos medios, atender las obligaciones propias y los compromisos internacionales. Tampoco es un secreto que, por atender a otras necesidades más perentorias, las cantidades presupuestadas para gastos de la Defensa no han llegado a los niveles que precisaría nuestra situación geográfica y nuestra propia entidad. Se supone que esas organizaciones deberían garantizar la seguridad de cada uno de los miembros, pero la realidad demuestra que no siempre ha sido así.

Garantizar la seguridad con organizaciones tan extensas supone un gasto elevado. Por mucho que preconicemos la paz universal, la realidad demuestra que es una utopía. Afortunadamente, hace más de 75 años que terminó la GM II, pero en este período no han dejado de sonar las armas en escenarios más o menos locales. El aumento de la población y la limitación de los recursos originan tensiones que acaban en conflictos armados, y ya dijo Clausewitz que la guerra siempre es el resultado del fracaso de los políticos.

En el actual escenario global, España está atravesando una situación, si no peligrosa, al menos muy delicada. Como miembro de la Unión Europea y por formar parte de su frontera sur, asistimos a la “invasión pacífica” y organizada de miles de migrantes que alteran la vida de nuestras regiones costeras y obligan al Estado a emplear unos fondos que ni están previstos ni muchas veces son compensados. EE. UU. y la Unión Europea son sus dos principales destinos. Estos grandes movimientos de personas necesitadas o perseguidas son el resultado de una sociedad cada vez más desigual y, al mismo tiempo, más informada.   

En la parte que nos toca por estar en la UE, y por haberse puesto de moda el empleo de personas necesitadas como método de desestabilización de un mundo con mayor progreso y bienestar, resultamos más afectados que otros miembros europeos. Los países intermedios de esas corrientes migratorias con frecuencia facilitan su tránsito o lo emplean como forma de presionar al vecino que deba controlar esa frontera. Lo hemos vivido recientemente con Marruecos y lo estamos viendo ahora con Bielorrusia. En ambos casos, España y Polonia, miembros de la UE, a la hora de la verdad, han sufrido las consecuencias de quienes quisieron quitarse el problema de encima. 

Sin ningún disimulo, Marruecos se cobraba la revancha de la chapuza de nuestro gobierno introduciendo, con nocturnidad y engaño, al líder del Polisario Brahim Gali, refugiado en Argelia, para ser tratado en un hospital de Logroño. Siendo España una nación soberana para tomar las decisiones que desee, debe tener en cuenta las circunstancias particulares -una clara provocación a Marruecos, socio preferente de USA .Consecuencia de los antiguos desplantes de Zapatero, y de  la actual composición de nuestro gobierno ha sido, de un lado, la marcha de la Fuerza De Reacción para África desde la base de Morón a la de Vicenza, con el consiguiente perjuicio económico para los lugares de residencia; y por otro, la “invasión” de Ceuta y Melilla e, indirectamente, el cierre del gaseoducto que desde Argelia desembocaba en la costa gaditana.

Escenario similar se presenta en la frontera norte. Bielorrusia –decir Lukashenko es lo mismo que decir Putin- quiere desestabilizar Europa y emplea dos armas: forzar la invasión de Polonia con miles de perseguidos de Oriente, con una mano, y con la otra, jugar con el gas que tanto necesita toda Europa. A ver cómo emplea ahora su política exterior la Unión Europea.

Resumiendo, la política exterior, además de procurar la defensa de la identidad e independencia de cada cual, debe tener los dos ojos puestos en la propia economía.