Salamanca y los comuneros

Me quejaba yo de que, tan centrados como estamos en la memoria encomiástica de Unamuno, la vida cultural salmantina no prestara atención suficiente a otros asuntos dignos de conmemoración, aunque fuera inducida por la dinámica de los centenarios. Me refería, por ejemplo, a la rebelión de las Comunidades de Castilla, de cuyo fin en la batalla de Villalar han pasado 500 años. Decía además que Salamanca no tendría menos motivos para recordarlos, como han hecho en Valladolid y en otros lugares, habiendo sido uno de los lugares con mayor protagonismo en esa rebelión, tanto en el plano de la movilización política, dirigida por los Maldonado, como por su aportación al programa reivindicativo comunero con la llamada “carta de los frailes”, elaborada por franciscanos y dominicos en enero de 1520.

Posteriormente, cierto diario local ha dedicado una separata al evento, con un repaso breve, pero riguroso, del mismo. Sin caer, como era de temer, en el revisionismo histórico, que va extendiéndose de unos temas y de unas épocas a otras como un virus. Así, pudimos asistir on line a una serie de conferencias de la Real Academia de la Historia que presentaba a los comuneros como “nada digno de modernidad”, pues más bien era Carlos V el adalid de esta, algo que aquellos, “con sus prejuicios y limitaciones localistas, no podían entender”. Esto dijo un catedrático de Valladolid y el profesor Ladero Quesada añadió que los clérigos participantes en el movimiento carecían de un programa político preciso, como tampoco lo habían tenido los frailes que habían denunciado los atropellos de los primeros conquistadores de América sobre los indios.

Tal interpretación que pone en solfa la que venía siendo aceptada desde que José Antonio Maravall y Joseph Pérez publicaron sus obras hace más de medio siglo. Y desde luego no está de más revisar una y otra vez el pasado, siempre que el cambio de enfoque responda a nuevas evidencias y no a caprichos o tópicos presentistas. No hay espacio para dar una visión crítica de todo lo que se plantea, de modo que sólo diré una cosa: la citada “carta de los frailes” de Salamanca, hecha a petición de los regidores de la ciudad, no es una homilía cuaresmal, sino un repertorio de reivindicaciones bien concreto: que no se aprobara en Cortes el impuesto extraordinario pedido por Carlos V para financiar su viaje a Alemania; que no se dieran cargos políticos o eclesiásticos a extranjeros, como venía ocurriendo; que el rey no se ausentara, etc. Todo lo cual pasó al programa comunero y tiene un sentido político homologable al de otras rebeliones o revoluciones europeas posteriores (o, incluso, a la Independencia norteamericana, que empieza al grito de “no taxation without representation”), a todas las cuales cumple adjetivar de “modernas”; como es evidente que la idea imperial de Carlos de Habsburgo tenía más de medieval que otra cosa.

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Y no digo más, aunque pudiera. Porque quiero enviarle un mensaje a Lozano, mi compañero de columna en Salamanca RTV, por su desmesurada descalificación de las intervenciones de una mesa redonda sobre Unamuno en el CDMH.  En la mía solo ve ignorancia y sesgo visceral antiunamuniano, reprochándome que solo dedicara cuatro minutos al tema de la muerte de don Miguel, siendo así que disponía de quince. Pero este “escritor y yayoflauta” debería saber que no hay mucho más que decir sobre eso: Unamuno murió de “muerte natural, imprevista y repentina”, debido a una hemorragia bulbar causada por la hipertensión. (Vea los artículos de Francisco Blanco y Severiano Delgado). Yo di algún detalle más, pero me negué, por respeto al auditorio, a disertar sobre las especulaciones y fantasías que han circulado en los últimos tiempos, y que están basadas en la siguiente estupidez: los taimados falangistas, queriendo mostrar al mundo que Unamuno era “uno de los suyos”, le organizaron un funeral de primera con escenografía fascista. Pero como el entierro necesita un muerto, procedieron a su asesinato. Luego manipularon los papeles y urdieron una “versión oficial” del suceso que ha estado vigente hasta que los sagaces Menchón & Jambrina han descubierto y denunciado la impostura.

Según los ponentes de la mesa, demasiado se ha hablado de eso en estos años. Pero Lozano no opina igual: en los últimos seis meses ha perpetrado aquí siete artículos sobre Unamuno, siete, y en cinco de ellos divaga una y otra vez sobre lo mismo: la “sorprendente” muerte de este, sin dar mayor argumento. Y para demostrar lo malos que eran los falangistas –que lo eran– repite tres veces la conocida foto del ataúd en andas. Luego habla de los “pingües réditos” que da el tema Unamuno, no menores a los del carbón en Asturias o el hierro en Bilbao (se ve que no se ha enterado de lo que ha pasado con esas minas)

Pero si quiere seguir dando vueltas a la noria con los ojos tapados, que siga. Recordará a Sylvester Stalone cuando, tras hacer Rocky IV dijo: “He tenido una gran idea: voy a hacer Rocky V”. También lo que decía mi abuela: “lo poco agrada, lo mucho cansa”.