Procesión en Salamanca, seiscientos veintidós días después

Recuerdo que estaba de guardia en Alcañices, que desde allí vi algunas fotografías del traslado procesional del Cristo del Perdón, histórico por el escenario del casco antiguo que volvía a surcar, y que por la noche me comentaron algo sobre la oración compartida algunos amigos que pudieron estar en la Catedral. Era 29 de febrero de 2020, ese día peculiar que otorga a un año de cada cuatro la condición de bisiesto. Pese a las noticias preocupantes que ya recibíamos no acertábamos a imaginar que iban a pasar seiscientos veintidós días con sus noches hasta que volviéramos a ver un paso por las calles de Salamanca. Entonces fue el magnífico crucificado de Bernardo Pérez de Robles en el Vía Crucis cuaresmal para el que la Junta de Semana Santa convoca a todas las cofradías; esta tarde, será el Rosario de Caridad en el que la Hermandad de Jesús Despojado alumbra a su titular mariana.

Por diversas circunstancias, sobre las que ya se ha escrito, iban pasando las ocasiones aparentemente propicias y no terminaba de anunciarse procesión en Salamanca. Concentraciones, desfiles o manifestaciones en el espacio público por los más variopintos motivos sí ha habido, pero el caso es que la primera procesión no llegaba, salvo ese tránsito breve por entornos universitarios de la Cruz de los Jóvenes el pasado 13 de octubre. A diferencia de lo ocurrido en otras ciudades, donde han proliferado las procesiones extraordinarias, aquí se reanudarán a través de un culto ordinario aunque todavía muy reciente (la Virgen de la Caridad y del Consuelo fue bendecida en 2013). Buen camino sería que la progresiva recuperación del culto externo fuera precisamente a través de lo ordinario, de la normalidad, del regreso de los pasos a las calles, que son su sitio, pero en tiempo y forma. No poco peligro hay en banquetear tras largo ayuno.

Procesiones sin cofradía no abundan, como tampoco las cofradías sin una procesión como buque insignia, pero escapar de la metonimia generalizada podría ser también un buen propósito para los que nos sentimos orgullosos y responsabilizados al formar parte de la lista de una cofradía, cada día del año, o del cortejo de una procesión, cuando toca. Unas y otras, asociaciones y actividades que organizan, son un medio, nunca un fin en sí mismas. Conviene someterlas, por lo tanto, a continua revisión, para que la conservación de unas formas tradicionales se armonice, sin confusiones ni imposturas, con el momento en que se celebran, y el fondo, la razón de ser, no quede eclipsado por destellos fugaces de los que van y vienen, o de los que deslumbran a su paso para nunca volver.

La procesión, la del Perdón aquella tarde todavía sin mascarillas, la de Caridad y Consuelo hoy durante la pandemia que anhelamos superar, la que acompaña a las afueras de la plaza pública a cualquier imagen sagrada o signo cristiano, siempre es y debe ser un acto cuidado y respetado por los que en él participan. Junto a esto, merece la mayor de las protecciones civiles no tanto como un hecho cultural, que así lo contemplan algunos, sino como expresión de la libertad religiosa, que por ello otros tantos buscan recluirlo en la privacidad de los templos. Sí, en las plazas y calles que recorren unos pocos cofrades o devotos con velas en las manos, siguiendo la guía de una cruz alzada, susurrando avemarías o guardando silencios, también hay periferia a la que asomarse, almas en búsqueda a las que sugerir una respuesta, lugares vacíos que llenar con la belleza de Dios. Son Iglesia en salida procesional, anuncio hermoso del Evangelio.

 

Vía Crucis de la Junta de Semana Santa, 29 de febrero de 2020. Jesús del Perdón en su traslado hasta la Catedral. Fotografía de Alberto García Soto.