Los toros, desde el campo a la ciudad

“La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda” (José Ortega y Gasset)

El secreto de los toros reside en que es un espectáculo anacrónico. Cuando vuela un avión a reacción sobre el embudo dorado de la plaza, uno se asombra de que sean contemporáneos los hombres de arriba -tocando botones, radares, ondas hertzianas, luces parpadeantes en verde y rojo, palancas de robot, en el límite de los viajes interplanetarios- con los hombres de abajo, de verde manzana y plata, de corinto y oro, ídolos con espada,  lanza y saetas de papel rizado, entre caballos y toros, manejando la sangre  con la muerte  allí, en el diamante de la puntilla, que desconecta al toro de la red eléctrica de la vida.

“¡-Cuando se desintegra la materia y se forma el hongo venenoso de ecuaciones de la bomba de hidrógeno; cuando ya casi paseamos por la luna, cuando televisamos las guerras que lamentablemente se suceden a nuestro alrededor, cuando podemos enviar un mensaje al otro lado del mundo”!-, todavía unos mozos matan con la espada como en los albores de la Edad del Bronce. En torno a la plaza, de esta isla primitiva de relinchos y mugidos, de esa gota de selva, de esa partícula de Génesis, rugen los claxon, las bocinas, los motores del mundo hecho por el hombre, con su fauna mecánica, con sus "autos" -coches de cientos de  caballos-, con sus motocicletas con una persona montada a la grupa como un recuerdo atávico de la jaca; que portaba al “monosabio”.

Vigilan al combate virginal, primitivo, fresco, palpitante, no unos ojos humanos, sino lentes de máquinas de turistas, teleobjetivos, cóncavas pupilas del "cine" en colores, y miles de flash, descargan su luz, ya, desde que arranca el paseíllo…Una concesión del ruedo sangriento, de ese "confeti" de desierto, a la vida moderna… ¡¡Pero, a los toros los siguen arrastrando las mulillas!!.

El hombre de la ciudad; el de las oficinas y los empleos; el del piano tedioso de la máquina de escribir; el del alfabeto, sin poema de amor, de la taquigrafía; el de los archivos -que son los nichos de las cosas-; el de la hipoteca, el de los ordenadores, el de los tranvías, son: la negación del libre galope; ¡”ese hombre va a la plaza a rejuvenecerse, a oír mugidos que jamás serán congelados en la serpiente del hilo magnetofónico; a escuchar relinchos que nunca se extenderán; a ver la sangre sin análisis ni velocidad de sedimentación; a contemplar apagarse corazones que no conocen el electrocardiograma. Los toros traen el campo a la ciudad, su paisaje de encinas y de ríos, sus florecillas amarillas o moradas de la primavera…”! ¡Hombres que nunca han visto la luna, ciudadanos del asfalto y de la propiedad horizontal, hablan de cuántas hierbas tiene ese toro; de los pastos de mayo que embravecen; de por qué los toros de aquella ganadería tienen las patas tan fuertes, ya que el abrevadero está a muchos kilómetros de "sus cerrados"; y comentan cornadas, de las cuales aún se muere!... Los toros son el espectáculo de un pueblo religioso que juega con el Más Allá; no tienen nada de república ateniense (deporte), sino de Imperio romano (sacrificio).

Tenía razón aquel aficionado cuando decía que a los toros no iba uno a divertirse (el fútbol es mucho más divertido). El toreo es intuitivo y racional, y matar frente a frente es maravillosamente absurdo, existiendo mataderos de punzón eléctrico y frigoríficos donde la carne viva se convierte en cosa acartonada.

Todo lo que en el ruedo sucede es imprevisto y deslumbrante, y allí se congrega todo lo inesperado; hay en los tendidos indios, turistas de Bombay, chinos, japoneses, africanos y americanos miopes; y entran, volando, y alguna vez planea una paloma de tendido a tendido; o se suelta un globo; y discuten, y están a punto de pegarse, un abogado y un médico por la cojera de un toro y vemos que, los alguacilillos llevan al galope una enorme llave que no abre ninguna puerta.

En los toros se venden, astronómicamente, como en un eclipse, el sol y la sombra; y a semejanza de las rústicas cosechas, el espectáculo depende de la lluvia; de una nube que pasa.

Las gentes están tan tristes a la vuelta de los toros porque retornan a la vulgaridad, a la civilización, a todo lo artificial y anti- biológico, a todo ese ruido, a todo ese remolino de sensaciones descontroladas, que empiezan sonando en su bolsillo, ha entrado de nuevo en la vorágine, en el gran circuito de las avenidas, calles y aceras plagadas de gente.

Muchos pueblos han jugado con los toros; desde hace miles de años en Creta…Están, tan en la entraña de nuestros sueños ancestrales los combates de toros, que han suscitado poemas, romances, novelas, esculturas, cuadros, músicas, grabados y óperas y todavía no ha surgido, ni creo que nacerá nunca, la Carmen, de Bizet, del fútbol; ni habrá tapices de Goya sobre un "penalti"; ni romances de Federico o décimas de Gerardo, en un "córner".

El toreo es casto y sensual; pueden ir a él los frailes y los niños, como fue la elegante mujer con mantilla y ensangrentada de claveles en una barrera de sol.

Antes, los toros eran más hermosos  y más imaginativos… Ahora, al intelectualizarse, las corridas han perdido vitaminas. Porque lo excesivamente clásico comporta algo de tedio… Como el mito de Fausto y Mefistófeles, el toreo devuelve la juventud a la ciudad envejecida de reglamentos urbanos.

El toreo no está fuera de nuestro tiempo; es un drama de capa y espada… Y cuando un espada brinda a ese público de ojos expectantes que van a evaluar su valor, su técnica, su disposición y su entrega, la muerte del toro, revive un sentimiento de hace veinte mil años.

 

                Fermín González salamancartvaldia.es     blog taurinerias