Deseo de pintura 

Se apagó la luz evanescente de la pintura de Carmen Laffón, ese prodigio delicadísimo que dejaba al espectador al borde de ese soplido que mueve los colores y nos sitúa en la niebla que difumina la belleza. El arte queda y la mano maestra cesa en su empeño de transmutar la vida en pura esencia. Hay en la pintura un empeño denodado, una pulsión tenaz de colores y paletas, de óleos y acuarelas, de grabados y pinturas al agua… la técnica es el arte de  hacer posible la mirada que recorre el mundo o se adentra en interior de la mente que sujeta el pincel y monta el caballete frente a una realidad que se vuelve trazo, mancha de color, cuadro que sin exposición ¿Para qué nos queda?

Faltas salas en estas ciudades nuestras, espacios que son muros para llenarlas de pintura, pintura que se amontona en los estudios del artista y que no ve esa salida que ahora ocupa otros lugares: bares, hermosas tiendas de paredes de piedra, escuelas, catedrales… ganar espacios para la pintura es un ejercicio que busca lo inesperado… y ahí, en ese lugar donde parecen conjurarse las miradas, la pintura vuelve a entusiasmar a un espectador deseoso de ver fotografía, de ver pintura aunque no pueda comprarla y se lleve, como un bello consuelo, la postal que reproduce, el poster que anuncia la muestra, el feroz mercado de la quincalla maravillosa que acompaña a las grandes muestras.

No hay entre nosotros, la ciudad pequeña, un museo que guarde los cuadros de nuestros pintores más recientes, un centro que convoque a los fotógrafos que han hecho historia en estas provincias nuestras plenas de belleza. El negocio de las galerías de arte es en gran parte un lujo de la capital porque ¿Quién compra pintura, fotografía, escultura? ¿Quién guarda que pequeña pinacoteca que amontonó aquel familiar amante de la pintura que nadie ahora aprecia? ¿Quién atesora catálogos que ahora no se encuentran? Obras depositadas contra la pared, ciegas, castigadas a ser fondo y no pintura que se observa, se gusta, se desea… obras que acumula el pintor a la espera de exposición, tiempo de paseo entre las paredes de la muestra. La luz de los cuadros de la pintora sevillana son hoy aún más tenues, aún más evanescentes… se dejan ir con el correr del agua, con el atardecer que llega tan temprano en este otoño. Es su legado bellísimo el que nos queda y el caballete vacío, la paleta a un lado, el lienzo tendido siempre a la espera.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.