De ropas y tumbas

Tras los cristales del otoño cae mansamente la lluvia esperada por una tierra que ansía setas sobre las hojas muertas… vientos que llevan las nueves y las flores dejadas amorosamente sobre las limpias tumbas. La jardinera del cementerio que era mi abuela, se deja mecer ahora por el recuerdo de quienes la amamos y no atravesamos las puertas renovadas de un cementerio que ya no es el rincón recoleto que yo amaba. Se trazan con escuadra los espacios de la muerte a medida que habitamos las estancias del olvido.

-Vete a buscar los papeles de la sepultura.

¿Quién se acordará de mi bisabuela junto a las viejas tapias? ¿Quién repasará las letras desdibujadas en la tumba de granito? El tiempo barre las viejas hojas acumuladas en las cruces de metal negro, y en la ciudad provinciana, el cementerio sube lomas desde las que se otean las catedrales, los edificios peligrosamente cercanos. La lluvia besa las tumbas apiñadas, la abigarrada disposición de los caminitos donde no cabe nada. En los pequeños pueblos, el jardín del olvido es recoleto, recogido, tiene vecindad de calle, nombres conocidos que se aprestan al saludo de sus deudos. Y nichos que vuelan alcanzando un cielo nublado que anuncia chubascos ocasionales, rachas de viento y allá lejos… humo de un volcán que escupe cual dragón, inusual fuego.

-Así debe de ser el infierno.

Mis muertos queridos viven en el cielo de la boca, en el recuerdo del amor que les tengo. Es ley de vida cuando se van a una edad que deja atrás los aperos de su labor, los restos cuidadosos que conservo. Mis muertos queridos que demasiado pronto se fueron aún duelen, como herida mal cerrada y sin embargo, quieta. Todo se pasa y se muda en soportable, hasta lo más terrible, aquello que no deseamos ni nombrar los que tenemos hijos. La vida que sigue con su fluido de estaciones que no cesan a pesar nuestro, y el otoño que se abre para dejar caer la costumbre de comer castañas, de cambiar la hora, de sacar el abrigo ligero y las botas de agua. Y mientras, los absurdos de la ordenanza, poniendo luces de navidad, sacando dulces a los estantes de los días. Como si no fuera el tiempo de adviento suficientemente anunciador de días de muertos, buñuelos, flores y calacas. Desde la ventana del otoño, cae la lluvia que amo y el recuerdo que atesoro al olor del abrigo y del silencio.       

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.