Ramiro Tapia. La arquitectura de una fábula

Ramiro Tapia (Santander, 1931) es un creador sui generis, cuya obra queda enmarcada dentro del realismo mágico con una fuerte impronta del subconsciente del artista y su peculiar cosmovisión. Su producción visual ha experimentado una profunda metamorfosis, donde es destacable la personal comprensión y estructuración de los procesos creativos que Tapia concibe unidos a su curso vital. Recorre todo su trabajo la composición de un universo onírico con gran contenido simbólico; de ese modo diseña estructuras y conjuga elementos para recrear escenarios surreales, producto de su portentosa imaginación. Su obra se sostiene en la posibilidad del cambio, de una vida después de la catástrofe, en la sugestión de otro universo posible y consecuente con nuestra manera de comportarnos.

Si bien sus primeras piezas se caracterizaron por la experimentación con las formas puras y el color, donde sin dudas el artista buscaba un lenguaje propio; es a partir de la década del sesenta que comienza a adentrarse en la exploración de universos soñados, donde el elemento mágico aparece y se armoniza en su trabajo. El periodo llamado Fabulismo o Fantasías insólitas, evidencia un interés por recrear y contar a través de imágenes, el término “fabulismo” fue acuñado por el propio Tapia y muestra el gusto por articular una narrativa pictórica, donde lo fantástico conviviera con normalidad. Destaca también la influencia de Marc Chagall en los ambientes de ensoñación, la presencia de ángeles y figuras provenientes del subconsciente.

Es a finales de esos años que aparece una obsesión recurrente en la operatoria de Ramiro Tapia; su serie Las máquinas creyentes indaga sobre la dinámica relación entre el hombre y la tecnología. Las máquinas aparecen aquí de manera antropomórfica, como si los comportamientos mecanizados y egoístas llevaran a los seres a perder la forma humana. Así apreciamos otra de sus intenciones; discursar sobre una sociedad contemporánea en crisis, abocada al cambio inminente, a la extinción. Dicha serie funge además como antecedente de Las torres galácticas, otra etapa creativa del artista.

Llama la atención, dentro del universo creativo de Tapia, que cada periodo introduce tópicos que volverán a retomarse con otra perspectiva en series posteriores. Se truecan los modos y los métodos, pero no los imaginarios ni las fijaciones del artista; estos permanecen en una obra que por momentos parece caótica, pero que responde a la voluntad de un caos ordenado, donde su creador domina las estructuras y juega con ellas para fabular.

Por su parte, la serie Metamorfosis introduce un nuevo asunto: la fuerza misteriosa de la naturaleza que luego derivará en una profunda preocupación ambiental. Las plantas, los corales, los crustáceos aparecen suspendidos en el aire, en medio de espacios inhóspitos, desafiando la gravedad como planetas autóctonos que discursan sobre la posibilidad de otros mundos, de una existencia postapocalíptica.

Para el artista lo telúrico debe ser reverenciado y empoderado; su concientización de la necesidad de preservar la naturaleza es también ostensible en las piezas agrupadas en Botánicas mágicas. En este caso, el binomio hombre-naturaleza aparece fusionado: las plantas sonríen, presentan formas antropomórficas o son sometidas a un proceso ligado a la construcción de estructuras, donde la vida se rige por los designios de la naturaleza y no del hombre. En cuanto a su visualidad, los trabajos de este periodo se distinguen por privilegiar un elemento central en la composición y recrear atmósferas propias del simbolismo y el surrealismo. La maestría desplegada en el dibujo y la experimentación técnica provocan un magnetismo en extremo atractivo para el espectador.

Durante los años setenta, Ramiro Tapia comienza a indagar en uno de sus temas más personales, relacionado con su propia formación: la arquitectura como un medio para proyectar el subconsciente, la fábula. Sus Arquitecturas imposibles vuelven a la conquista de la utopía, y parten de una desarticulación de formas y engranajes que Tapia conoce muy bien. Son construcciones improbables que no responden a normas o principios arquitectónicos, edificios que parten de árboles, urbes suspendidas en el aire. Sus disposiciones se distinguen por la concentración arquitectónica en un espacio disminuido, como una alternativa al caos circundante, son edificios-fortaleza con la finalidad de proteger y aislar. Estas piezas evidencian las obsesiones medievalistas de Tapia y recuerdan los frescos de dicha época; así reaparece una y otra vez esa cualidad aparentemente ingenua de su pintura, su habilidad para simplificar lo complejo y hacerlo crítico y lúdico a la vez.

Por su parte en Hecatombe, una de sus series más fascinantes, vemos el interés por crear una cosmogonía que recorre los diferentes periodos existenciales; el artista viaja hacia al futuro, pero también a la semilla de la creación. Asistimos aquí a un mundo en desorden, alejado de la placidez de las imágenes oníricas que suele trabajar. Escenas catastróficas, incendios, explosiones, seres gigantes con actitudes amenazadoras. La confusión y la vorágine pueblan estas imágenes y en consecuencia los colores se vuelven más estridentes. Tapia anticipa la catástrofe, pero en ella también hay algo regenerador pues es el punto de partida para un nuevo comienzo. Su inclinación por evocar lo primigenio yace también en su serie Esferas, donde encontramos nuevamente la alusión al nacimiento, empleando la forma rotunda del círculo para discursar sobre lo cósmico y recorrer todas las etapas de su formación.

El reto arquitectónico llega a su máxima expresión con las Torres galácticas, que se distinguen por su voluntad de ascensión, como fortalezas ante el entorno circundante. “Ramiro Tapia prefiere simbolizar la miseria de lo existente, tal como evidencian estos objetos trazados bajo el signo de la circulación y, sin embargo, intransitables, repletos de parapetos que impiden la visión y por tanto la relación, la comunicación entre sus posibles moradores; en fin, plagados de peligros: escaleras que culminan en el vacío, plataformas inestables, pasillos empinados”[1].

Sus torres enuncian un universo caótico, llevado a su máxima expresión en piezas como Torre humeante de Babel. La mayoría se erigen solitarias en un entorno desértico; el hombre ha agotado la posibilidad a vivir de manera convencional con su tendencia a la autodestrucción, es por ello que las torres deponen también una crítica a la sociedad actual y al comportamiento de los individuos, a esa relación conflictiva entre hombre, naturaleza y desarrollo tecnológico.

Otra de sus series más amplias es Laberintos de interior, que nos abre un camino al mundo introspectivo del artista. Se trata de obras con clara influencia de la pintura primitiva, en ellas Ramiro Tapia viaja al germen de la existencia: formas animales, pictogramas, imágenes cercanas a lo rupestre que articulan una liturgia donde se apreciamos la construcción de una nueva mitología, de la idea en su forma más pura. De esta manera da rienda suelta a su imaginación y muestra su interés en el esoterismo, en realidades que van más allá de lo comprensible y lo posible. El contraste cromático y la agudeza de la línea constituyen un paseo por el arte de los egipcios con sus jeroglíficos y la pintura africana.

Por otra parte, la Etapa negra de Tapia, llamada así por resaltar las figuras sobre fondos negros, destaca por su efectismo visual. Su gusto por contar a través de las imágenes se despliega en estas piezas que vuelven sobre asuntos anteriores, preocupaciones continuas que asedian al creador quien las exterioriza sometiéndolas siempre al desafío de funcionar en contextos diferentes, cada uno más osado que el anterior.

Narrativa visual o pintura de ficción, de un contador de historias que no pierde ni un instante el curso de sus diálogos, de sus argumentos. Ramiro Tapia diseña, construye; su inventiva también alcanza los signos con la creación de un insólito alfabeto, desde allí se artífica el nacimiento, el desarrollo desconcertante de personajes y espacios en crisis, y el dramático final con la posibilidad de renovar la existencia para nuevamente continuar el ciclo. El resultado es la expansión de los imaginarios propios y ajenos, pues resulta difícil permanecer impasibles ante la posibilidad implícita que nos propone el artista: el reto de sobrevivir, de repensarnos, de habitar.

 

 


[1] Javier Hernando Carrasco. Ramiro Tapia, 2000. Catálogo.