El Ateneo Oporpórico

“En mi opinión, México saldrá adelante, pero no alcanzo a ver a qué costo. Recordemos que a mitad del siglo XIX estar divididos nos costó la mitad del territorio”; frase de uno de los ateneístas, aunque considero que el resto suscribimos.

Desde siempre, admiré las tertulias, esas que salían en las novelas… Cuando me fui haciendo mayor y supe del Casino, en Salamanca, o del Café Gijón, deseé participar en alguna, que se volviera costumbre… Y en las épocas universitarias allá y desde luego, en toda mi vida mexicana, he tenido la suerte de disfrutar de grupos de amigos que coincidían en el gusto por la plática de mesa, mantel y copa.

En una de ellas, la última a la que por ahora han tenido la gentileza de invitarme, por Zoom, participo desde las épocas álgidas de la pandemia; los conocí, a la mayoría,  por interpósita pantalla, aunque el grupo ya ha podido juntarse en vivo y en directo, en casa de Gerardo, maravilloso anfitrión, y en lugares de esparcimiento… donde se sirven vituallas regadas con alcohol.

El nombre de este grupo, de hecho, es todo un juego: si “ateneo” puede sonar algo rimbombante y clasicista, esa extraña palabra, oporpórico, proviene de una anécodota contada en el grupo a partir del nombre de una franquicia de tiendas de conveniencia –anglicismo muy extendido por estos lares–: el OXXO, pronunciado /okso/ pero que en Tabasco, según contó uno de los integrantes, había oído que le decían “O por por O”; tan simpático hallazgo nos pareció a todos maravilloso y lo adoptamos como nombre.

Sergio, el anfitrión, Gonzalo, Gerardo, Mario –felicidades, que ayer, mientras empecé a escribir, celebrabas tu cumpleaños–, Alejandro, Eduardo y Guillermo –amigo de muchos años que trabajó de mi jefe– son un grupo heterogéneo en el que me preguntan… y me enseñan de cuestiones filológicas –la mayoría de mis amigos no son filólogos… pero les encanta el tema y se vuelven más filólogos que uno– amén de las sabidurías y experiencias propias… y créanme que la riqueza de saberes del grupo es amplia.

Por eso, por los cumpleaños personales y el año recién cumplido de echarnos ese Zoom semanal, hoy me apeteció escribir sobre estos amigos; compartir, simplemente, lo disfrutable de la discrepancia, lo enriquecedor de escuchar otros puntos de vista, las costumbres que se van volviendo tal –el domingo no empieza hasta que no leemos el artículo dominical de Eduardo– hoy me apeteció escribir.

Sigo pensando que es la mejor manera de no caer, en México y en cualquier parte, en lo que otro contertulio a veces de otro grupo que frecuento, al que en el lugar de reunión conocen como “la mesa de los escritores”, escribió hace poco: “Seguir por la actual pauta de confrontación sin tregua ni descanso, aunque sean enfrentamientos virtuales, desembocará en el desarraigo de no pocos; el enconchamiento de muchos y la enajenación o, de plano, el cinismo de gran parte de la comunidad políticamente activa...” (https://www.jornada.com.mx/notas/2021/10/17/politica/hacia-otro-tiempo-socialdemocrata-20211017/ )”.

Y ya me voy, que hoy hemos quedado… precisamente en el Centro Cultural de España, para ver una exposición sobre Joan Miró y, ya que estamos, degustar unas patatas bravas… y lo que se tercie.

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