No tan lejos de Santa Teresa de Jesús

Hasta hace no mucho tiempo, no veía mi muro de Facebook, ni mis momentos de WeChat, ni ninguno de los otros portales de mis redes sociales, por la necesidad de brindarle un reposo a mi vista. Revisaba mis mensajes y echaba un ojo en las publicaciones desplegadas de manera automática al entrar en las redes. Ocasionalmente, entraba en la cuenta de alguno de mis contactos y veía sus contenidos, para ponerme al tanto de algo en específico o simplemente por ver cómo iban las cosas.

Lo anterior, de una manera u otra, lo hacía en asuntos profesionales asimismo, mas con otro sesgo, no debido a la salud de mis ojos. No me gustaba pedir ayuda para nada. Lo evitaba a toda costa, sin importar el retraso en la hechura de mis cosas, debido a esa búsqueda de soluciones por mí mismo en lugar de recogerlas de los favores de los demás. Sin expresarlo visiblemente, lo llevaba como emblema en mi escudo de caballero letraherido. Todo lo hacía a mano.

Un ejemplo más, pero en relación con la poesía. Si bien la reescritura de lo ya escrito y la imitación de lo publicado constituye uno de los principios en el camino de los escritores, siempre me apartaba de esos usos y costumbres, en el sentido de nunca darlos a la luz pretendiéndolos instrumentos para ganarme el reconocimiento o el aplauso de mis lectores amigos. Esos versos los tengo en un cajón de mi escritorio. Tampoco —perdón por el ex abrupto— nunca busqué ninguna rima en internet.

Como pueden preverlo en este cuarto párrafo, he mencionado lo anterior para traerlo aquí y darle un giro. Hablaré más o menos de lo opuesto. Ofreceré un encomio de una práctica distinta. Como si se hubiera tratado de una experiencia mística a escala, descubrí mi corazón, en el sentido encontrarlo sin el velo oscuro de antes. Ese descubrimiento significó ir al encuentro de la vida de otro modo, no ya mostrándome yo como mensaje de mí mismo para ella, sino como un yo naciendo en relación con los demás. Me explicaré.

Si nos figuramos las palabras del párrafo de arriba no como palabras, sino como una imagen, podríamos representarla así. Yo iba caminando por un sendero marcado con mi sustancia y accidentes, mirando a diestra y siniestra las cosas de esos dos lados, levantando la mirada al sol y acostándola sobre las hojas de otoño hasta que llegué a una muralla de piedra. A partir de ese momento, como todos podemos verlo, no conseguí seguir adelante. Miré la extensión de la muralla y descubrí su magnitud infinita. Intenté escalarla, pero me caí más de una vez. Me quedé con la espalda apoyada en la piedra y las piernas recogidas entre mis brazos, meditando los pasos a seguir. Fue entonces cuando me cayó el veinte.

Fue bueno el recorrido en busca de la originalidad citado al inicio. Recogí lo antiguo y lo no tan antiguo para llevarlo a mi presente con base en mi voz. El número de personas en Salamanca, Ávila, Xalapa y otras ciudades dándome su espaldarazo incondicional e inconmensurable resultó una cifra inestimable para la consecución de mi nombre. Y precisamente por ello, elevado en el ala de la luz y en el amor de mi familia y mi entorno no puedo seguir siendo a la manera de antes. Debo considerar de un modo más firme el crecimiento de mis seres queridos y amistades en el mundo digital y en el análogo, como origen de mi expresarme en el sueño del mundo. A través de ellos, sin dejar de ser este de las palabras escritas y leídas justo ahora, el mármol de mi busto débil irá cobrando su entidad para el mañana, con la esperanza de no encontrarme no tan lejos de Santa Teresa de Jesús.

 

Xalapa, Veracruz, México
16 de octubre de 2021
Juan Angel Torres Rechy
torres_rechy@hotmail.com