Rasgarse las vestiduras 

El oleaje de la actualidad nos trae todo tipo de desechos a las playas del mundo, a las playas de una sociedad que parecería ciega y sorda ante lo esencial e importante.

Nos quedamos como si tal cosa ante la profanación de lo sagrado: ante esos seres humanos dejados ahí de la mano de todos, que sufren y que buscan como sea las vías de la dignidad; ante esos niños utilizados por la alta política y abandonados en los espigones de Ceuta; ante esos migrantes que vienen hacia nuestro mundo y les oponemos murallas; ante esos seis millones de compatriotas que –según el último informe de Cáritas– viven en la pobreza severa; ante… tantas y tantas cosas…

Y, sin embargo, nos rasgamos las vestiduras porque en el interior de la catedral de Toledo, un cantante ha grabado una suerte de vídeo promocional, bailando con una joven, porque –dice– ha descubierto el amor divino a través del amor humano. Siempre determinados ámbitos de la iglesia y determinados sectores de la sociedad se han rasgado las vestiduras ante cosas del estilo de la que estamos indicando. Y, sin embargo, ni sienten ni padecen ante tantas cosas…

Como dijera el poeta extremeño ¿olvidado? Manuel Pacheco, “todavía está Dios en las iglesias”, de ahí que haya tantas cosas dejadas de la mano de Dios. Pero, acaso, quienes estén más en las iglesias y no allí donde los necesita la humanidad precaria sean esos que se llaman servidores de Dios.

Eso sí, al tiempo, este oleaje de la actualidad nos habla de intentos interesados y falsos de reescritura de la historia, en concreto de reescritura de nuestro descubrimiento y colonización de América. Como sacando pecho. No tanto desde la ignorancia (que también), sino desde indudables intereses ‘pro domo sua’.

Y la actualidad nos trae también el escandaloso encarecimiento, día a día, minuto a minuto, de la energía eléctrica, tan necesaria en la vida que llevamos, que tendría que ser más un bien común y no un objeto de negocio, especulación y enriquecimiento. Y, ante cualquier intervención gubernamental, todavía se rasgan las vestiduras, porque su Dios –y lo proclaman con no pocas solemnidades– es el mercado, ese becerro de oro al que más se adora en este tiempo.

¿Cómo vamos así a ser inclusivos, dialogantes, humanizados, abiertos? ¿Cómo vamos a construir un mundo más digno en el que quepan todos?

Vivimos en un mundo en el que se profana lo más sagrado, sin que pase absolutamente nada; y en el que, hipócritamente, nos rasgamos las vestiduras de continuo por lo trivial, por lo secundario, por lo que no importa.

¿Dónde vamos a llegar por estas vías? Menudo legado vamos a dejar, así, al futuro…