Albert Camus, hoy

“... al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir.” ALBERT CAMUS, ‘Discurso de Suecia’, 1957.

No es este un tiempo para el consejo pausado ni para el llamado al razonable diálogo, sino, al parecer, para la celebración de esa especie de narcisismo estúpido, sordo y egoísta, en el que la presunción personal se eleva, incluso, hasta querer hacer meritoria la misma baratura de los deseos. No obstante, estas líneas se atreverán, lo que ni es su cometido ni han hecho nunca, a recomendar la lectura de un autor que hoy podría firmar cada una de sus obras con una carga de actualidad que no hace sino reafirmar la antigua convicción de que las sociedades, y quienes las formamos, caen siempre en los mismos abismos de incongruencia, que no son capaces de cambiar ninguno de sus dioses, que tropiezan en idénticas piedras y cometen, una y otra vez, los mismos errores.

Leer hoy El mito de Sísifo o El hombre rebelde, dos de los grandes ensayos filosófico-sociológicos de Albert Camus, iluminará sin duda, y dará explicación detallada, a muchos de los sucesos y acontecimientos que hoy están condicionando nuestra vida y poniendo en solfa unas convicciones y convenciones actuales tan baratas, vacías y prescindibles que, quizá, puedan abocarnos a repetir los horrores que signaron al siglo XX con la barbarie. Leer El extranjero, una obra maestra de la literatura de todos los tiempos, será reconocer hoy mismo el absurdo de nuestra propia existencia y, sobre todo, quizá darnos cuenta de la indolencia e inutilidad que subyacen en muchas de nuestras pasiones y afanes, probablemente diseñados por otros para hacer que ni los pensemos.

Ante la desesperante simpleza del discurso y la dinámica políticas actuales, La caída, La peste o El exilio y el reino parecen escritas ayer mismo para intentar elevar el listón del pensamiento. Detallan, explican y dan a conocer tanto la postura humanitaria de Camus y las razones de su acercamiento al nihilismo y el existencialismo, muy diferentes, complejos y ricos que el negacionismo estúpido que hoy florece, como también las razones de su ideología y sus enfrentamientos con Sartre y otros intelectuales de su época que son hoy, puntualmente pero abaratados hasta la extenuación, parte de la discusión política que cada día ocupa los titulares en la prensa que leemos. La rebelión del hombre contra los muros que él mismo ha creado, la ambición de la lucha o la decepción con toda trascendencia y divinidad, están escritas, definidas, pensadas, analizadas, criticadas e iluminadas por Albert Camus.

Albert Camus fue un hombre de teatro; escribió teatro, hizo teatro, dirigió teatro y, como hombre conectado con el mundo y con conciencia de estarlo, se implicó en la puesta en escena de las servidumbres de la condición humana en sus obras Los justos, El malentendido, Calígula, El estado de sitio... Obras teatrales de una altura dramática inigualable que hablan de la angustia de la obediencia y del deber luminoso de la piedad, del estupor de vivir y la íntima alegría del abrazo, de la inestable moral de la victoria y la inmensa ética de la derrota, de las decisiones que no tomamos, del amor entero, del deseo y el precio de la pasión, de la razón, de los meandros de la felicidad y sus contrarios...

Pero Camus fue también un hombre alegre, esperanzado y que buscó siempre a un dios huidizo, que intentó el consuelo del amor y recorrió los recodos de felicidad de la vida. “Es preciso todavía morir” afirmó no solo para argumentar su idea del absurdo, sino para dar naturaleza y contenido a la rebeldía, al devenir humano que ha de sembrar una esperanza que germine en la fuerza para superar las esclavitudes que nos cercan, amurallan e inmovilizan y que, todavía, nos hacen creer que la asfixia es la respiración y que el derecho al aire hemos de pagarlo. En El verano, Camus se abre al disfrute la belleza, a la esperanza, al gozo del propio cuerpo. Valora la vida cada día, agradece la fortuna de cada amanecer; sin trabas y libremente, sabiéndose y sabiéndonos, mirándonos, tocándonos, queriéndonos, hablándonos y conociendo y abrazando una forma de existencia que él sabía que siempre, siempre, podría ser mejor con la esperanza. Y la lucha.

Por todas esas razones, y porque Camus siempre estará vivo en quien se acerque a su obra, quien lo lea, lo siga o reconozca, o discuta, o analice o discrepe de la genialidad de sus muy actuales postulados, el grupo Etón teatro, a quien esto firma se honra en pertenecer, además de sus trabajos sobre la obra de Camus realizados en las últimas décadas (Albert Camus: cien años del hombre, Todo será ahora más fácil, El malentendido...) prepara por segunda vez (ya lo hizo en 1981, hace cuarenta años) el montaje de su obra Los justos, sin actualización temporal y ambientada en los albores del siglo XX, pero que aun así mantiene una estrecha conexión con la actualidad de hoy, en su sentido y en su significado, lo que la hace no tanto más brillante, que sigue siéndolo, sino hoy, con la perspectiva del tiempo desde su escritura, mucho más estremecedora.