Las ciudades comunicantes 

En la vida hay trayectos que se repiten constantemente, por trabajo, por cuestiones familiares y hasta por afición. A los que somos funcionarios de la Unión Europea y vivimos en Bruselas, la autopista de Luxemburgo nos saluda con la mano y con sus interminables obras unas cuantas veces al año, este es un trayecto laboral que hemos recuperado. A esa ciudad que es, además de capital, ciudad casi única de un estado que se presenta con el pomposo nombre de “Gran Ducado” acudíamos hasta hace nada para trabajar y salir de allí lo antes posible. Luxemburgo era paisaje de cuento infantil avistada desde lejos y de cerca, una eterna sucesión de bancos, inmobiliarias y restaurantes donde era difícil que te sirvieran la cena si osabas llegar algo más tarde de las ocho. Los visitantes de Bruselas gustábamos entonces de presumir de ciudad grande, animada y cosmopolita frente a esos luxemburgueses con buenas tiendas, ricos por casa pero algo catetos de espíritu.

Aquellos trayectos, y salvando las distancias, me recuerdan a los que hacíamos muchos salmantinos a Valladolid, simplemente para comprar en El corte inglés (hasta que llegó el nuestro) o en el Ikea; y a los que supongo que harán algunos más, no con ánimo comercial sino porque son funcionarios de la Junta. Los salmantinos siempre hemos mirado a Valladolid con un punto de desdén, porque por mucho que sean capital y tengan IKEA, no tienen la belleza de nuestras calles, ni nuestra innumerable oferta hostelera (no digamos la nocturna con todos sus ruidos y litronas), ni nuestro gancho turístico.  Y por supuesto, no tienen nuestra plaza mayor, que es la imagen de marca de la ciudad que muchos veneramos.

Los años pasan y las ciudades, que son seres vivos, cambian, incluso para bien. La antiguamente ceniza y algo vetusta Luxemburgo se ha convertido en una ciudad llena de gente joven que viene a trabajar en grandes empresas allí instaladas; gente joven que se está reproduciendo y llenándola a su vez de niños, de restaurantes de todo tipo donde comer, ahora sí, a cualquier hora. El actual primer ministro es homosexual sin haberlo escondido nunca y acude a todos los actos oficiales con su marido. Los transportes públicos son gratuitos y la ciudad se expande por bosques y praderas donde no se debe de vivir mal. De acuerdo que a todo ello ayuda el que sea una especie de paraíso fiscal sin serlo, pero semejantes dividendos en otras manos quizás no hubieran producido tan buenos resultados.

A Valladolid hace mucho tiempo que no voy; el Ikea me resulta una penitencia más que un motivo de excursión. Supongo que la carretera sigue con su tránsito habitual de salmantinos de tiendas, que no sé si envidian la capitalidad regional, el crecimiento de la ciudad (nos doblan en población) el que tengan un aeropuerto, un AVE y un nudo de autovías que la comunican con el resto de España mientras Salamanca se ha convertido en un islote, eso sí, de incomparable belleza plateresca.

Entre ciudades vecinas existe y existirá siempre esa cosa a caballo entre la sana rivalidad y la envidia. Los luxemburgueses viajan gratis en un tranvía que da gusto usarlo y a los de Bruselas los transportes públicos, que pagamos, nos dejan tirados una semana sí y otra también. Los vallisoletanos tienen el AVE que nunca pasará por Salamanca y, además, un aeropuerto que en cuanto se calme la pandemia volverá a operar con el resto de Europa. Los de Bruselas presumen de Grand Place como los salmantinos presumimos de plaza mayor frente a la de Pucela que es un vil sucedáneo rojizo de la nuestra; pero a los vallisoletanos las escuelas rurales no se les vacían de niños como se vacían y cierran las nuestras y su Universidad no será la ocho veces centenaria de Salamanca, pero tampoco desmerece. En Luxemburgo hay empresas que viene a instalarse y de Bruselas se escapan por lo complicado que se está volviendo el país. A Salamanca vienen los turistas porque somos una ciudad maravillosa y una joya arquitectónica, pero los salmantinos se van a Valladolid para comprar los muebles de sus casas.

¿Se acuerdan ustedes de aquella teoría de los vasos comunicantes que estudiábamos en la física del colegio? ¿Se aplicará también a las ciudades?  ¿Habrá que decidir entre la belleza o la prosperidad? Esto último, es un dilema que me tiene dándole vueltas desde hace tiempo.