Con un rosario en las manos

Acababa de salir de guardia, el domingo pasado, cuando sucedió inesperadamente lo que podía esperarse, tan cerca como estaba de cumplir los noventa y ocho. Lo hubiera hecho el día de Nochebuena. Avisado por Mónica, supe que ya no habría más visitas a su casa, donde era tan bien cuidado, y sentí eso mismo que ya conozco de otras veces, pero que siempre te retumba por dentro: cómo el paso de la muerte detiene la relación con un enfermo al que has visitado, a cuya intimidad has accedido, a cuya historia personal te has asomado, y que necesariamente era uno de los tuyos. Al día siguiente quise despedirme, saqué un hueco en la consulta para acercarme al lugar donde le velaban y pude saludar a su hija. No pensaba verle por última vez, ya a punto de ser enterrado su cuerpo, cuando descubrí que esperaba lo que ha de esperarse con un rosario en las manos.

Un rosario que es gozo, como el que llevaba en su mano derecha, hace unos pocos días, la Virgen que acompañaban los cofrades de la Vera Cruz de Sevilla. Ese rosario que ellos iban rezando por las calles en la mañana del último domingo del verano. Aunque fuera la de las Tristezas su advocación, era gozo lo que se respiraba, como lo fue recobrar al Hijo tras la angustia de la pérdida en el Templo de Jerusalén, a la vez espada de dolor y misterio gozoso. Tomando ese ejemplo icónico de Sevilla, un rosario procesional, un rosario por las calles, como tantos que se están rezando en este octubre, mes del Santo Rosario, el gozo que llevamos en las manos, y en los pies, al recuperar por fin la presencia de la fe en su expresión de culto en la plaza pública. Así lo significó la Cruz de los Jóvenes el pasado miércoles a su paso por Salamanca y así lo habrán de hacer nuestras cofradías y demás comunidades cuando retomen su deber y derecho de manifestar públicamente la fe.

Un rosario que es luz, como un destello atrevido, rompedor, puramente iluminador en todo el sentido de la palabra, o al menos así recibí el testimonio de Ignacio Sánchez Meya, un abogado que visita rosario en mano a las prostitutas del entorno del Nou Camp en Barcelona. Ha sido mediador para que quince de ellas hayan dejado la calle desde que inició su particular tercer misterio de luz allá por 2016. «Valentina es una prostituta trans que aún no ha dejado la calle, pero cuando la ves llorar frente al Santísimo entiendes por qué Jesús dijo que nos precederán en el Reino de los Cielos». Ha compartido esta luz en las Jornadas Católicos y Vida Pública celebradas en Valladolid.

Un rosario que es dolor, y a cuyas humildes cuentas engarzadas por un esclavo con vocación de hombre libre se aferraba el Claret interpretado por Antonio Reyes en la película de Pablo Moreno recientemente estrenada, una rareza dado el escaso acercamiento del cine español a la inmensa extensión de la Historia de España. San Antonio María Claret fue una de las personas que mejor encarnaron en su vida las turbulencias del siglo XIX, víctima de esa redundante costumbre calumniadora de una parte del mitificado liberalismo decimonónico. Por muy cortesanos que fueran, buscaban culpas en la Corona; por muchos militares que hubiera entrometidos en política, traicionaban al Ejército si les convenía; por mucha influencia que quisieran tener en las ternas episcopales, asfixiaban a la Iglesia con desamortizaciones y exclaustraciones. Hoy esa rotación de enemigos sigue siendo practicada por algunos progresistas, pretendidamente modernos que están muy pasados de moda. A Claret le tocó ser mártir y rezar muchos rosarios de dolor, sostenidos en el silencio incansable de sus manos misioneras.

Gozoso, luminoso y doloroso, pero en definitiva un rosario que es gloria. Así se ora los domingos aunque te sorprenda la muerte. Así se coloca entre las manos del padre para su viaje definitivo hacia el Padre eterno. Así es como se entiende la alegría que nace, y la enseñanza que se recibe, y el sufrimiento que se padece. Todo conduce hacia la gloria después de cincuenta avemarías. Todo culmina en unas manos detenidas en la paz y confiadas a la esperanza, unas manos que hace unos días había tocado por última vez pensando en que habría más visitas. Las manos del bueno de Anastasio, que significa Resurrección.