El arte de la pintada

Tienen nuestros pueblos un aire nuevo de mural, de pintura que atrae las miradas de los de afuera, los que atravesamos las carreteras comarcales para entrar en el casco urbano con ese discurso de la España vaciada, la España interior que ha cubierto de arte y pincelada los muros de la memoria. Los murales que recuerdan la vida pasada de nuestros pueblos despiertan el interés del viajero, llenan el pequeño bar de la localidad y las miradas sentadas en el poyo de la tarde nos contemplan con calma y desapego: llegan los forasteros a ver las paredes.

-A mí que me den el arte de las pintadas de los quintos.

Vive mi hermano, el bombero, en uno de esos espacios entre el pueblo y la ciudad dormitorio donde los quintos no se limitan a poner su vítor y la fecha de su fiesta de iniciación a la vida adulta… sino que muestran una capacidad sorprendente para el dibujo obsceno y mensajes alusivos tan directos y tremendos que hasta desde el Ayuntamiento se han quejado por el machismo y el mal gusto imperante. Vivan los Quintos, ponía en todos los pueblos y nosotros, en nuestro periplo extremeño, encontramos el más directo de los llamados a la búsqueda de pareja: “Moza, tengo tierras”.

La tierra era una buena razón para iniciar el noviazgo. “Vamos a juntar lindes” se decía para hacer una particular concentración  parcelaria. La tierra era la verdad más fuerte, la razón más poderosa por encima del amor, causa de rencillas y aún hoy, de broncas que se resuelven con la foto del satélite para ver por dónde va verdaderamente la línea de la linde que se saltan los arados y el abandono secular del campo. El labrador de ahora no mira al cielo, sino a los impresos para pedir las ayudas europeas, me dijo hace bien poco un paciente habitante de ese vacío hermoso de tierras recién peinadas.

Moza, tengo tierras, reza la pared cercana al adobe, mensaje de llamada con ganas de matrimonio. Los quintos se iban a la mili a conocer mundo y luego, volvían a seguir con el tractor, la labor y la novia del pueblo. En ocasiones, al muchacho le tiraba la ciudad provinciana y se compraba un pisito en los aledaños de un barrio siempre en expansión. Nuestros pueblos son ahora un espacio de espera y de calma, un muro que pintar y una belleza que descubrir frente a nuestra prisa y nuestro ritmo acelerado. Bajamos del coche y nos dejamos deslumbrar por un arte a la intemperie mientras en la piedra al sol, los habitantes del pueblo nos miran con cierta sorna. Ahí vienen a ver las pintadas de las paredes… vivan los quintos del 2003, cómo pasa el tiempo.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.