Disparando con nuestra pólvora

            Cuando comencé mi andadura en esta columna, un amable lector me aconsejó que opinara sobre mi profesión y dejara la economía para quienes tuvieran más conocimientos que yo. Tenía toda la razón. Ahora bien, mi compromiso con este diario no se circunscribió exclusivamente a mi profesión -que a más de uno podría aburrir-; sino que se me dejó libertad para escribir de cualquier tema que me preocupara, o que yo considerara interesante. Por otra parte, mi osadía nunca fue establecer cátedra en estas páginas. Me limito a manifestar mi opinión sobre lo que me rodea. Es posible que, en más de una ocasión, pueda estar equivocado, pero también lo es que son muchos los que opinan como yo. No obstante, el artículo 20 de nuestra Constitución, con los límites que establece, nos concede libertad de expresión. Por eso, hoy toca hablar de lo que yo entiendo que es economía de andar por casa, asumiendo de antemano mis posibles disparates.

            Como muchos españoles que hoy están preocupados por nuestra particular situación, me gusta estar informado, cosa que no siempre es fácil. Dependiendo del medio al que se acuda, esa información siempre estará influenciada por quien le sostiene. Cuando, no se es iletrado o fanático, y se somete una información al filtro del propio criterio, se puede llegar a una idea bastante cercana a la realidad. Basado en esta teoría, creo no ser un atrevido si digo que Pedro Sánchez ha visto las orejas al lobo y le han entrado las prisas. No me refiero a ese mamífero carnicero que tantos daños está causando en nuestra cabaña, y al que se da mejor trato que a miles de fetos humanos. No; estoy hablando del oscuro horizonte que amenaza los próximos resultados electorales de la familia socialista. Ni los muchos medios de comunicación afines, ni los esfuerzos de Tezanos aderezando convenientemente unas encuestas que ya nadie se cree, resultan suficientes para que Sánchez se sienta seguro en la Moncloa. Hasta que llegue el momento de quitarse la mascarilla definitivamente, ahora se ha quitado la careta de forma descarada. Aquellos colectivos que aún están vírgenes en la contienda política, o los disconformes con determinadas situaciones particulares, son campos abonados para congraciarse con ellos y recolectar sus votos en próximas consultas.

            Bordear las reglas de la democracia no es una nueva forma de hacer política. Ya en la época de la Restauración, el caciquismo de uno y otro bando puso en marcha, de forma más o menos tolerada, la compra de votos, sobre todo en los ámbitos menos ilustrados. En nuestra Segunda República, la maniobra fue más sencilla: en vez de comprar votos, se falsearon recuentos o, sencillamente, se ignoraron. Hoy se acude a una estratagema más sibilina. Por medio de concesiones particularizadas y con fondos oficiales, se intenta comprar la voluntad de los colectivos más reacios, o de los que votan por primera vez, ya sea con inversiones, exenciones y competencias, o de la forma más descarada, concediendo dinero en metálico.

            De todas las votaciones que se celebran en nuestras Cámaras, la más importante es la que cada año aprueba los PGE. La correspondiente Ley que se publica en el BOE, en teoría, contiene el programa político del partido o partidos que conforman el gobierno. Y digo en teoría porque, en la práctica, se producen no pocos desajustes, cosa que, por otra parte, debería ser admisible ante situaciones no previstas y verdaderamente acuciantes.

            Y en esas estábamos cuando Sánchez se enfrenta a unos nuevos Presupuestos. A diferencia de lo sucedido con otros gobiernos, él tiene que gobernar con una de las fuerzas políticas que calificó como poco deseable, pero con la que no ha tenido más remedio que tragar carros y carretas. Pablo Iglesias tenía tan bien instruidas a sus huestes que, cuando ha abandonado la política, no han cedido ni un ápice en sus exigencias. Una tras otra, han ido colocando sus apetencias, por caricaturescas que sean.

            Ahora bien, Sánchez no tolera que nadie sea capaz de oscurecer su ego y se ha quitado la careta. “Pa chulo, yo” –ha dicho-. Acabado el forcejeo con los ministros podemitas, y fuera del orden del día, se ha sacado de la manga su particular “pedrea” en los PGE. Sin entrar a valorarlos, lo único que se me ocurre pensar es, primero, que para que sean definitivamente aprobados, aún faltan las “mordidas” del PNV o de aquellos partidos cuyos votos fueran necesarios a última hora; y segundo, que las “bufandas” que se conceden a los jóvenes, ojalá me equivoque, pero creo que, en lugar de solucionar problemas, van a originarlos. Allí donde se ha empleado la fórmula de conceder bonos para el alquiler de viviendas, no se ha conseguido que bajara la media del importe mensual. Lo mismo que, donde se ha pretendido intervenir dichos alquileres, se ha retraído la oferta y, por consiguiente, aumentado los precios. En cuanto al llamado cheque cultural –poco afortunado el adjetivo- no hace falta ser un adivino para deducir que con esos 400 € no va a aumentar la cultura de muchos jóvenes, pero van a ser los culpables de más de un botellón. Con la crisis actual es un atropello dar prioridad a la vida y milagro de los animales de compañía y olvidarse de tanta gente necesitada. No quiero pensar lo que dirán los habitantes de La Palma cuando vean lo bien que les vendrían esos millones. A pesar del balón de oxígeno que le ha facilitado a Sánchez el juez italiano que se lavó las manos en la extradición de Puigdemont, la justicia española está revocándole varias leyes que aprobó sin consenso. De alguna debe compensar esos reveses y nada mejor que el dinero que no es de nadie

            Lo que sí es cierto es que la filantropía de Sánchez es más bien interesada y se la pagamos todos. Si estuviera entre nosotros el admirado Antonio Machado, uno de sus conocidos poemas –pero con mejor estilo- habría rezado así:

Españolito que al mundo vienes

No quieras tener ahorros

Que el sanchismo con sus leyes

Te dejará hecho unos zorros